Anja Niedringhaus, el riesgo de ser periodista

La fotógrafa alemana Anja Niedringhaus perdió la vida hoy en Afganistán. La ultimó un hombre vestido de policía, con seguridad un militante o simpatizante del Talibán. En el incidente resultó herida de gravedad la reportera canadiense Kathy Gannon.

Anja Niedringhaus no era ajena a los peligros que entraña su profesión. Había trabajado para la agencia AP como corresponsal de guerra en Yugoslavia en 1992. Años después, viajó a Irak para informar sobre uno de los más violentos episodios del conflicto en ese país tras el derrocamiento de Saddam Hussein: la batalla de Fallujah. Las fotos que tomó en Irak le valieron el Premio Pulitzer en 2005. 

Anja tenía una larga experiencia de trabajo en Afganistán, que se remontaba a la caida del régimen del Talibán en 2001. Su última misión era documentar con su reconocida capacidad el ambiente antes de las elecciones presidenciales de este 5 de abril como se muestra en esta página personal.    

http://www.anjaniedringhaus.com/ 

La muerte de Anja pone de manifiesto, una vez más, el alto riesgo que conlleva hacer periodismo en zonas de conflicto o de alta conflictividad. Hasta ayer, el Comité para la Protección de los Periodistas había contabilizado l8 trabajadores de la prensa muertos violentamente en 2014. Son Mayada Ashraf, en Egipto; Nils Horner, Firas Mohammed Attiyah y Noor Ahmad Noori en Afganistán; Muthanna Abdel Hussein y Khaled Abdel Thamer en Irak; Ali Mustafa y Omar Abdul Qader en Siria, Gregorio Jiménez de la Cruz en México; Vyacheslav Veremiy en Ucrania; Germain Kennedy Mumbere Muilwavyo en Congo; Pedro Palma y Santiago Ilídio Andrade en Brasil; Shan Dahar, Waqas Aziz Khan, Mohammad Khalid y Ashraf Arain en Pakistán y Suon Chan en Camboya. 

Mucho dice del mundo en que vivimos que hombres y mujeres paguen con la vida por ejercer su oficio de informar. O que sean agredidos y hostigados, como sucedió ayer en Venezuela. Denunciarlo es un deber.   

 

 

 

Cuento del visir, la cadena y el mono intocable

Érase una vez un visir cuyo encargo era hacer que los cronistas del reino escribieran sobre una cadena sucia y oxidada que sujetaba a un viejo y malhumorado mono. “Digan la verdad sobre la cadena”, repetía el ministro y advertía: “pero nada malo del simio”.  Aun así, los empleados callaban o decían muy poco por temor a despertar la ira del primate, quien era nada más y nada menos que el soberano de aquel país. 

Cualquier semejanza de esta historieta con la realidad de la prensa oficial cubana es muy intencional. El vicepresidente Miguel Díaz-Canel exhorta de vez en vez a los medios de comunicación del Estado a ser más críticos. Sin embargo, estos no responden o se limitan a exponer alguna corruptela menor y publicar quejas de los ciudadanos. La explicación es simple: en Cuba los periodistas siguen el código de meterse con la cadena – los males de mecánica del sistema – pero jamás con el mono, la cúpula del régimen.  

Díaz-Canel volvió a la carga hace unos días ante la Unión de Periodistas. El dirigente pidió crítica con equilibrio e “integralidad” y se dijo preocupado por la autocensura en los medios. Con ese discurso, el funcionario manifiesta dudosa ingenuidad porque bien debería saber que nadie quiere arriesgarse a una reprimenda o peor, a que los truenen, para decirlo en un lenguaje muy cubano, muy de nuestra experiencia de los últimos 55 años. 

Pero por un momento no dudemos de la sinceridad de Díaz-Canel. Si nos atenemos a sus palabras, él estaría proponiendo que los profesionales de la prensa cubana den a conocer todos los puntos de vista de un argumento, a favor y en contra, e informen sin omitir o distorsionar ningún dato importante. 

Imaginemos. Si quisieran poner manos a la obra con un tema de actualidad,  Granma y Juventud Rebelde – los dos principales diarios de alcance nacional- podrían publicar reportajes a fondo sobre los exhorbitantes precios de los automóviles a la venta desde comienzos de este mes. Sus periodistas hablarían con los cubanos frustrados por la imposibilidad de comprar los vehículos y entrevistarían a los funcionarios que fijaron su valor. Una pregunta clave podría ser – ya que de “integralidad” se trata – a qué nivel se aprobó la descabellada medida que ha causado tanta ofensa entre la población. 

Podrían también, para corregir sus muchas faltas de leso periodismo, investigar los vínculos entre el empresario chileno Max Marambio – condenado en ausencia en Cuba a 20 años de cárcel por un caso de corrupción –  y el general Rogelio Acevedo González, el destituido presidente del Instituto de Aeronáutica Civil de Cuba. 

Volvamos a la realidad: este no es el tipo de prensa que quieren Díaz-Canel y sus superiores. El llamado del vicepresidente es solo a meterse un tanto más con la cadena, a hacer más atractiva una prensa anodina. Como para recordar la coyunda que sujeta a los periodistas cubanos, el funcionario advirtió que en la profesión “el problema ideológico es estratégico frente a la propaganda subversiva contra nuestro país del neoliberalismo y de los que pretenden restablecer el dominio neocolonial en Cuba”.

Érase una vez… 

 

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