A la sombra de Fidel

Fidel es como la sombra de un árbol bajo el cual todos estamos. Es lo que acaba de decir palabra más, palabra menos su hijo Alex. El fotógrafo no exagera: el otrora gobernante absoluto sigue ejerciendo una influencia determinante en las decisiones de su hermano Raúl.

Después de largos meses de ausencia de la esfera pública, Fidel echó un balde de agua fría a las conversaciones de Estados Unidos y Cuba al publicar en los medios oficialistas que desconfía de Washington aunque dijo apoyar la solución de diferendos por medios pacíficos.

Días más tarde, Raúl Castro expuso cuatro condiciones para la normalización de las relaciones entre los dos países en la reunión de la CELAC, la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe, que se celebró en Costa Rica. El general presidente reclamó el fin del embargo, la restitución del territorio de la base naval de Guantánamo, el cese de las transmisiones de Radio y Tele Martí y una indemnización por daños humanos y económicos.

El presidente Castro también urgió a Obama a que tome medidas como levantar la prohibición que pesa sobre Cuba para el acceso a créditos, al uso del dólar en transacciones financieras internacionales y a la adquisición de equipos y tecnologías con más de un 10% de componentes norteamericanos. Es decir, Raúl quiere que se desmonte el embargo, aun sin la aprobación del Congreso.

Tal parece que se hubiera llegado a un estancamiento de las conversaciones previstas para las próximas semanas. Raúl sabe que es imposible que Estados Unidos cumpla todas esas exigencias. De hecho ya un portavoz de la Casa Blanca dejó en claro que la Base Naval de Guantánamo no será devuelta.

De darse, los diálogos que se avecinan se anuncian difíciles. Serán diálogos de sordos en lo que respecta a derechos humanos porque para el régimen cubano estos siguen siendo anatema. Según el general, no se le pueden pedir cambios en el sistema político. En sus palabras, la oposición en Cuba es “artificial”.

Raúl y su guía quieren comercio con Estados Unidos a cambio de nada o de muy poco. Apuestan a que las compañías estadounidenses que quieren hacer negocios en la Isla y los legisladores que las representan en el Congreso actúen para desmantelar el embargo.

Motivos tienen para creerlo: ocho senadores acaban de presentar un proyecto de ley para eliminar las restricciones de viaje a Cuba y una representante propuso una iniciativa similar para poner fin a las transmisiones de Radio y Televisión Martí.

Los gobernantes cubanos nunca habían tenido tanta influencia dentro de Estados Unidos y tanta simpatía en América Latina. Esto explica en parte su dureza. El otro motivo de negarse a un quid pro quo con concesiones políticas a Washington es su temor a que la oposición, todavía limitada y fragmentada, pudiera fortalecerse.

Fidel Castro, maestro en la supresión de disidencias, todavía sienta la pauta en Cuba. El “ni un tantito así” es su doctrina. Su hermano y sucesor la sigue al pie de la letra. Por supuesto, no le importa que ese sea el principal escollo para las relaciones con Estados Unidos.

Nicaragua y Venezuela en dos momentos electorales de la Cuba castrista

“Perdimos Nicaragua”, me dijo una mujer consternada, con aire de duelo, en el correo del Ministerio de Comunicaciones de La Habana el 26 de febrero de 1990. En la víspera, Daniel Ortega había sido derrotado por Violeta Chamorro en unas elecciones presidenciales en que había partido como favorito.

La señora tenía tipo de funcionaria, de militante del Partido. “Perdimos”, se quejó. Como si Nicaragua hubiera sido pertenencia nuestra alguna vez. La frase en tono grave buscaba simpatía conmigo. La oficiala suponía que un cubano cualquiera como yo compartiría su desazón. El lamento recorría las filas castristas, como un eco del Jefe Máximo.

Nicaragua había sido hasta entonces muestra de que en América Latina se podía aplicar con éxito la plantilla creada por Fidel y su revolución. Una guerrilla izquierdista, el Frente Sandinista, había desalojado del poder a un corrupto dictador de derecha. Su líder, Daniel Ortega, exhibía un discurso redentorista y antimperialista. Para más parecido con Cuba, el hermano del presidente era Ministro de Defensa y la enseña partidaria, un calco de la bandera del 26 de julio.

Sin embargo, el reino de Ortega era más que imagen y semejanza del castrismo. En buena medida, era su creación. De la isla le habían llegado armas y asesores militares – antes y después de la rebelión contra Anastasio Somoza – y un ejército de civiles enviados a colaborar en la obra social prometida por el sandinismo.

En un tiempo en que uno a uno caían los aliados del este europeo, aquellos de amistad “eterna e indestructible”, ver partir a un discípulo tan cercano era doloroso. Ortega había pagado caro por no escuchar consejo. La herida se curaría dieciséis años después con el regreso de Ortega por la vía de las despreciadas urnas. Sus adversarios políticos, incompetentes y desunidos, le habían abierto el camino a la presidencia. Y ahí continúa, con el patrocinio de la Venezuela chavista, valedora que garantiza la lealtad de una masa clientelar.

Fidel Castro pasaría de la aversión contra el concepto de elecciones pluripartidistas a su aceptación tácita -al menos fuera de Cuba- al ver que su hijo putativo Hugo Chávez las ganaba por amplio margen en Venezuela. De aconsejar a Ortega no someterse al escrutinio de las urnas, a instar al bolivariano a no perder los comicios presidenciales del año pasado, so pena de un “arrase general” de la oposición. Lo asustó con el espectro de Pinochet y el paciente de cáncer, convencido de su misión trascendente, se sometió al rigor de una campaña electoral acortando tal vez los pocos meses que le quedaban de vida.

Ahora, el heredero de Chávez se apresta para su elección. Las encuestas predicen que Nicolás Maduro se impondrá con el capital político que le dejó su maestro. Es el sucesor que le convenía a los Castro: un fervoroso devoto del difunto presidente moldeado ideológicamente en las escuelas del Partido Comunista Cubano. Su hombre en Caracas.

La Cuba castrista, que debe en gran medida su supervivencia a Chávez, no tendría entonces nada que temer. Todo indica que durante los próximos seis años continuará el oxígeno que representan los casi cien mil barriles diarios de petróleo venezolano. Maduro depende demasiado del aparato de inteligencia cubano y, para mantener el barco de la República Bolivariana en el mismo rumbo que hasta ahora, necesita de las decenas de miles de militares y civiles que envían de la Isla.

Las elecciones que se avecinan en Venezuela no tendrán mayores repercusiones en Cuba, al contrario de las que separaron temporalmente del poder a los sandinistas en Nicaragua en 1990. En La Habana sí estarán muy pendientes del porcentaje que alcanzará el candidato del chavismo. Un número menor de votos que los alcanzados por Chávez en octubre pasado haría sonar la alarma. Ese sería un mal comienzo para un mandato que se anuncia incierto.

Irónicamente la Cuba que no celebra elecciones multipartidistas tiene parte en ellas a través de sus aliados allí donde sus intereses están en juego. Para el castrismo, en su expansionismo y dependencia, Nicaragua era una cuestión más bien moral, ideológica. Venezuela, por el contrario, es un asunto vital.

Ahmadineyad, dishonoris causa

Mahmud Ahmadineyad con el Rector de la Universidad de La Habana, Gustavo Cobreiro Suárez.


El presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, fue investido Doctor Honoris Causa en Ciencias Políticas en la Universidad de La Habana durante su breve visita a Cuba, una de las etapas de su reciente gira latinoamericana. De esa forma, el gobierno cubano quiso reciprocar un título similar conferido a Fidel Castro por la Universidad Tarbiat Modaris de Teherán en mayo de 2001.

En el homenaje a Ahmadineyad, las autoridades cubanas le cedieron el podio del Aula Magna para que pronunciara una “conferencia magistral” que fue en realidad una soflama antimperialista en la que el jefe de gobierno iraní vaticinó el fin del capitalismo. Su discurso seguramente gustó a sus anfitriones, en especial a Fidel Castro que se tomó tiempo para departir con él en extenso.

A todas luces, la visita no trae ningún provecho para Cuba, como no sea mostrar a un Fidel Castro alerta y muy al tanto de la actualidad tras los recientes rumores sobre su muerte. Por cierto, el encuentro con Ahmadineyad le sirvió al ex gobernante para escribir una de sus acostumbradas advertencias catastrofistas sobre el destino de la humanidad. Como se sabe, en estos días crecen las tensiones entre Estados Unidos e Irán por la insistencia del régimen de los ayatolas en desarrollar un programa nuclear.

La invitación a Ahmadineyad, precisamente ahora, es un dislate que solo se explica por la cercanía de la política exterior de los Castro a la de su valedor, Hugo Chávez. Sin embargo, más allá de los riesgos de la amistad estratégica con uno de los enemigos del archienemigo, el cálido recibimiento al presidente iraní en La Habana es sobre todo moralmente reprobable.

Ahmadineyad, a quien por cierto le queda aproximadamente un año y medio en el cargo según la constitución de la República Islámica, – ¿hay que recordarlo? – representa una estado oscurantista que sanciona el sometimiento de las mujeres, la persecución y ejecución de homosexuales y la aplicación de severos castigos al disenso. Este personaje niega el Holocausto judío, lanza todo tipo de amenazas contra Israel y considera al cristianismo y el judaísmo como “desviaciones”.

Por supuesto, el gobierno de Cuba está bien informado sobre quién es Ahmadineyad y qué simboliza. Aun así, decidió agasajarlo. Para ello, ordenó que una universidad que en su momento acogió como suyo lo más avanzado del pensamiento occidental, honrara a un individuo cuyo único mérito es tener una retórica y propósitos afines a los de Fidel Castro.

Otorgarle a Ahmadineyad la distinción de Profesor Honoris Causa entra en el abultado catálogo de absurdos que ha caracterizado al castrismo; es un baldón que deberá corregir la Universidad de La Habana, cuando en un distante futuro recupere su autonomía y sea por lo tanto inmume a controles políticos.

Cubanos en el lente de Ida Kar

La obra de Ida Kar se expone en la National Potrait Gallery de Londres.


Considerada una maestra del retrato, la fotógrafa rusa de origen armenio Ida Kar se fue a Cuba en 1964. En Londres, donde residía desde 1945, había conocido al entonces consejero cultural de la embajada de Cuba, el escritor Pablo Armando Fernández, quien gestionó su visita a la Isla.

Las fotos de personalidades de la política, el arte y la literatura que consiguió tomar pueden verse en esta página de la BBC con textos de mi coterráneo y amigo Manuel Toledo.

Artistas y políticos de Cuba, vistos por Ida Kar

Condenado por “sionista” (a propósito de las declaraciones de Fidel Castro a Jeff Goldberg)

Fidel Castro invitó a Jeffrey Goldberg a La Habana para hablar de su última obsesión, una guerra nuclear que aniquilará a medio planeta. Durante el rendez-vous le dio al periodista y escritor estadounidense dos noticias para su diario The Atlantic que le han dado la vuelta al mundo: que el modelo cubano no funciona y que está en desacuerdo con el presidente de Irán Mahmud Ahmadinejad por negar el Holocausto judío.

Lo primero, en lugar de sincero reconocimiento de la catástrofe económica en que se encuentra Cuba, terminó siendo un colosal lapsus linguae que revela que el mayor de los Castro ya no tiene toda la claridad mental de antes, aunque él y sus admiradores quieran aparentar lo contrario.

Como muchos otros cubanos, he perdido la capacidad de sorprenderme con lo que dice el ex presidente. Durante sus más de cincuenta años en el poder, Castro ha acumulado un historial de contradicciones para las que siempre tiene una justificación. Sus recientes declaraciones de simpatías por los judíos y por el derecho de Israel a existir entran en esa categoría.

Durante años, el estado de Israel ha sido objeto de constante vilipendio en la prensa cubana. Granma y Juventud Rebelde se refieren a Israel como la “entidad sionista” culpable de los más horrendos crímenes. A su vez, los atentados contra civiles israelíes por parte de organizaciones terroristas palestinas nunca reciben igual condena. La impresión es que la violencia está de cierto modo justificada por la llamada ocupación israelí.

La escuela cubana tampoco le hace justicia a la persecución de los judíos de la que habla Fidel. En las clases de historia contemporánea que recibí, el Holocausto fue sólo una mención casi de paso mientras que el estado de Israel aparecía como agresor y gendarme de Estados Unidos en el Medio Oriente.

La aversión a Israel me tocó de cerca en mis años en la Universidad de La Habana al final de la década de los setenta y comienzos de los ochenta. En la residencia estudiantil del Vedado conviví con varios estudiantes palestinos que, como yo, cursaban estudios en la Facultad de Filología. En varias ocasiones intercambiamos puntos de vista sobre el conflicto del Medio Oriente. Por sinceridad o ingenuidad les hice saber que en mi opinión Israel tenía tanto derecho a existir como los propios palestinos. No tardó mucho tiempo para que estos jóvenes, militantes del Frente Democrático y del Frente Popular de Palestina, me denunciaran por “sionista” a la Juventud Comunista cubana, ese refugio de mediocres y aprovechados. La gravísima falta no era sólo expresarme a favor de la existencia de Israel sino algo tan nimio como llevar una camiseta con la imagen de un menorá, el candelabro judío de siete brazos que data de los tiempos más antiguos de la religión hebrea.Por entonces me interesaba en el judaísmo y asistía con regularidad a la sinagoga.

La denuncia condujo a una especie de juicio en la residencia estudiantil organizado por la Juventud Comunista y presidido por la decana de la Facultad de Filología, Lázara Peñones. No era yo el único sometido a este auto de fe. Por esa época, a comienzos de 1980, Fidel Castro había lanzado una de sus tantas ofensivas ideológicas; esta tenía el lema de “la universidad es para los revolucionarios”. Había que purgar los centros de estudios de todos aquellos que se apartaban demasiado de los dogmas oficiales. Eran tiempos en que Castro estaba preocupado con los crecientes contactos de la población con la comunidad cubana en el exterior a la que se le permitía visitar el país desde hacía unos años. El temor del Máximo Líder era que con los jeans y las grabadoras llegaran también ideas que tarde o temprano condujeran a un cuestionamiento de su gobierno. En mi caso era culpable por partida doble. No sólo era portador de una peligrosa desviación ideológica, la de creer y expresar que Israel tenía derecho a existir. Entre mis faltas estaba también vestir ropas extranjeras, que en el absurdo de la Cuba de entonces era un delito de “ostentación”.

Mi juicio fue rápido. Se leyeron las acusaciones en mi contra, a las que respondí. En cuanto al conflicto en el Medio Oriente, insistí en que estaba por la paz entre Israel y los palestinos, algo que al parecer no era lo que querían escuchar la Decana y su compañía. Una de las pocas cosas que dijo la licenciada Peñones era que no se podía ser “pacifista a ultranza”. La Juventud Comunista propuso expulsarme de la residencia. En el mejor ejemplo de procesos estalinistas se votó la propuesta a mano alzada. Todos mis compañeros de piso votaron a favor aunque dos o tres me pidieron comprensión más tarde. Otros evitaron dirigirme la palabra desde ese día. La decisión de expulsarme de la residencia tenía el objetivo de que al ser un becario procedente del interior de la isla y con las escasas posibilidades de encontrar alojamiento en La Habana tuviera que abandonar mi carrera.

Días después, esta vez en la sede de la Facultad de Filología, tres profesoras me sometieron a un riguroso escrutinio ideológico. El proceso no condujo a una expulsión formal de la universidad. Me permitieron continuar mi beca pero por deferencia hacia los palestinos me enviaron a otra residencia estudiantil. Poco después de llegar a ella, apareció en una de las puertas un enorme cartel de una de las organizaciones donde militaban mis denunciantes, en el que se destacaba una serpiente entrelazada con la estrella de David. Una provocación, sin duda.

¿Quién permitió que estos fanáticos sentaran pie en Cuba y se les educara en nuestras universidades? ¿Quién dio luz verde a aquella farsa por el delito de defender a Israel?

Paradójicamente es el mismo anciano que hoy deplora la persecución de los judíos.

Al cabo de los años pienso en aquel sambenito de sionista que me colocaron dos o tres estudiantes palestinos y aceptaron los jóvenes comunistas de la Universidad de La Habana con los que por desgracia me tocó convivir: si sionista es apoyar la existencia de un estado que es una solución a tantas injusticias históricas y que además es un modelo de democracia en el Medio Oriente, lo soy y a mucha honra. Por sus declaraciones a Goldberg, hasta el mismo ex presidente de Cuba lo fuera ahora si lo juzgaran con el mismo criterio con que me juzgaron en 1980.

(Este artículo es una colaboración para Semanario Hebreo)

Teatro del absurdo

No es obra de Beckett ni de Ionesco. Es una realidad que supera la más ilógica ficción.

Los habitantes de un país pobre reclaman mejores niveles de vida, quieren el cese de diabólicas prohibiciones y obstáculos que les impiden ganarse por sí mismos el sustento a través de su propia iniciativa, sueñan con el derecho a salir y entrar del territorio nacional sin traba alguna y aspiran a que no se les acose por manifestar en público convicciones políticas alternativas a las de su gobierno.

En lugar de debatir a fondo y con urgencia todas o alguna de estas cuestiones, el Parlamento del estado de marras se reúne para escuchar a un ex gobernante que advierte sobre una posible guerra nuclear de la que nadie habla en el mundo. El discurso tiene un tono especulativo pero los diputados, que deben representar los intereses del pueblo, se deshacen en loas al viejo líder devenido profeta.

Sucedió en La Habana el sábado pasado. Fidel Castro, protagonista y autor de esta pieza, se meció en el anticlímax. En lo que la BBC calificó de “polished performance”, el ex presidente bajó intensidad a la alarma que había echado a rodar entre sus más fervientes partidarios cubanos y extranjeros por un supuesto inminente ataque de Estados Unidos a Irán. El enfrentamiento daría pie a una catástrofe nuclear. La alocución de Castro podría resumirse en algo así como: “Me equivoqué pero por buenas razones. Miren lo que está en juego; por eso intento hacerle conciencia a Barack Obama”.

Es preocupante que un hombre que todavía ejerce influencia en los asuntos de un gobierno crea que su misión es salvar a la humanidad. Después de ver su presentación ante la Asamblea, dudo de que retome sus cargos, como algunos especulan. Lo que inquieta realmente es que nadie en su entorno se atreva a decirle la verdad para ahorrarle el ridículo. Eso sería mucho pedir. Por cierto, la adulonería de los diputados me recuerda una anécdota que le atribuyen a varios dictadores latinoamericanos, esa en la que el gobernante pregunta qué hora es y sus servidores le responden: la que usted diga.

Para consulta: Discurso de Fidel Castro e intercambio con los diputados cubanos.

Juan de Patmos vive en Cuba


Alguien me dice que Juan de Patmos redivivo fijó morada en La Habana. El Apokaleta se apresta a desgranar predicciones de una inminente catástrofe ante las miradas atentas y las mentes crédulas de los diputados de la Asamblea Nacional. Lo advierte: el mundo, o medio mundo, está en peligro si los halcones de Washington se atreven a apretar el gatillo contra la islámica república de los ayatolas iraníes para evitar que los discípulos de Jomeini se hagan del arma nuclear.

¿Será posible que nadie en el planeta haya visto las señales ominosas de esta hecatombe en ciernes? Alguien tiene que avisar a la desprevenida humanidad. Es carga que asume un octogenario Fidel Castro en son de profeta bíblico. Es un papel a la medida.

De común saber es que a Fidel, Cuba siempre le quedó pequeña. Sus sueños estuvieron y están más allá. Desde joven puso ojos fuera de la Isla. De ahí, aquella presencia a los 21 años en el infausto Bogotazo que le costó la vida al líder colombiano Jorge Eliécer Gaitán y a miles de sus compatriotas. De ahí, el sustento material e ideológico a los movimientos guerrilleros en América Latina una vez que llegó al poder en 1959 y las intervenciones cubanas en Africa. En esa visión se inscriben también las controvertidas misiones médicas en el Tercer Mundo. Es su interpretación particular del apotegma martiano “patria es humanidad”.

Muchos cubanos se quejan con razón de que el mayor de los Castros se interese tanto por los problemas ajenos y no le ocupen los que más urgen a su propio país, los creados por su mal manejo de la economía. Sin embargo, el Comandante – y co-mandante – puede argumentar que a Cuba le atañe como a cualquier otra nación el supuesto peligro nuclear que nos acecha. El problema que tiene Fidel es que incluso si fuera cierto no se justifica la convocatoria extraordinaria de esta asamblea de yes-men y yes-women para debatir una posible conflagración en un punto tan lejano del Caribe. Todo tiene un triste aire de afán de notoriedad, a lo Sunset Boulevard. Como Norma Desmond, Fidel no soporta el olvido.

Las memorias de Juanita Castro

Juanita Castro Libro

Juanita Castro, la hermana de Fidel y Raúl Castro, el ex presidente y el actual mandatario de Cuba respectivamente, publicará sus memorias bajo el título de Fidel y Raúl, Mis hermanos el próximo 26 de octubre, según informa The Miami Herald. El libro se presenta como una narración a la periodista mexicana María Antonieta Collins.

Juanita, quien reside en Miami, es conocida por sus declaraciones contrarias al sistema político cubano desde que salió de la Isla en 1964. En una entrevista con Carlos Alberto Montaner en 2007, Juanita dice que su disgusto con Fidel se debió a la fría reacción de su hermano al fallecimiento de la madre de ambos, Lina Ruz. Según un artículo de la revista Time en 1964, la decisión del entonces primer ministro de Cuba de expropiar la finca familiar en Birán tras la muerte de su madre fue el motivo de la discordia entre los hermanos.

Desde que llegó al exilio, Juanita atacó duramente a Fidel. Un informe de la embajada británica en República Dominicana al Ministerio de Relaciones Exteriores en Londres fechado en abril de 1965, al que tuve acceso precisamente ayer, da cuenta de su breve visita al país caribeño durante la cual dejó en claro su radical oposición al gobierno de su hermano.

National Archives 23.11.09 081

 El documento dice: “la visita de la señorita Castro no podría describirse como un éxito. El tema que dominó en todas las entrevistas fue que Fidel Castro sólo puede ser derrocado mediante la lucha armada en territorio cubano y que es el deber de todos los países latinoamericanos ayudar en ese conflicto…”

“Su fracaso en lograr un impacto aquí tiene varias causas, una de ellas es que los dominicanos sospechan que se trata de un ardid publicitario para influir en la próxima elección presidencial de alguna forma…Está el hecho curioso pero innegable de que las exhortaciones de Juanita para destruir a su propio hermano son vagamente embarazosas…la idea de decirle a la gente que mate a su hermano, incluso si es Fidel, es inquietante”, explica el informe.

A pesar de mantener una postura crítica frente a Fidel, en los últimos años Juanita se ha abstenido de denunciar públicamente al régimen cubano. En 2008, condenó enérgicamente a los exiliados que celebraron la noticia del deterioro del estado de salud de su hermano.

Juanita ha tenido otros desacuerdos con sus familiares. En 1998 presentó una demanda legal en España contra su sobrina Alina Fernández, hija ilegítima de Fidel, por algunos pasajes de su autobiografía Alina: memorias de la hija rebelde de Fidel Castro. Juanita ganó el caso. Alina y la editorial Plaza y Janés tuvieron que pagarle 45 mil dólares.

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