Que no escandalice François Hollande

En estos días se reprocha al presidente francés no haberse reunido con los disidentes en su breve visita a Cuba; se le censura no ser consecuente con sus críticas de ayer al régimen cubano; se le echa en cara que no defendiera los principios en los que dice sustentarse la Francia contemporánea.

Hay algo de razón para ello. Los que esperaban tan siquiera un gesto simbólico de reconocimiento a la Cuba no oficial tendrán que conformarse con la entrega de la Orden de la Legión de Honor a nuestro controvertido cardenal. A los demás, ni un guiño.

No deja de asombrar que alguien que cree en la democracia pueda ignorar a los que quieren que su país se parezca a Francia con elecciones multipartidistas y libertad de prensa y asociación. Pero en la lógica de Hollande y los suyos, si eso es lo que cuesta hacer negocios, que así sea. Porque de eso se trata, hacer negocios, ahora que las puertas de la Isla se abren más al capital extranjero. Por lo tanto, molestar a susceptibles anfitriones habría sido un contrasentido. Les affaires sont les affaires.

París adoptó un enfoque pragmático –algunos dirían oportunista- en sus relaciones con la Isla. El actual inquilino del Elíseo daría por hecho que el sistema político cubano no cambiará. Es así como puede interpretarse su declaración de que “el papel de Francia no es hacer posible que Cuba sea un país como los otros porque nunca será como los otros, sino un país que pueda producir”.

En todo caso, no sería la primera vez que un presidente de Francia dé prioridad a sus intereses económicos en países antidemocráticos. Recordemos que la República Francesa tiene un largo historial de contubernio con dictadores africanos corruptos y violadores de los derechos humanos. Sobran los ejemplos pero quizás el más lamentable de todos fue la estrecha relación del presidente Valéry Giscard d’Estaing con Jean-Bédel Bokassa, el sanguinario y megalómano tirano que llegó a proclamarse emperador de África Central.

¿Por qué esperar que Cuba tenga un trato diferente? Hollande, por lo demás, es de una izquierda que vio y sigue viendo la Isla con un lente rosa. El la considera “símbolo” y “ejemplo de dignidad”. No debiera extrañar entonces que rindiera una visita mucho más que de cortesía al ex presidente cubano.

Quizás un día conoceremos más sobre este viaje a Cuba si Hollande escribe sus memorias cuando ya no sea presidente. Mientras tanto, que no nos escandalice porque ¿cómo culparlo de que crea que el régimen es eterno? ¿Cómo pedirle reconocimiento a una oposición minúscula y dividida? ¿Cómo esperar que abogue por nuestras libertades?

Trece cubanos


Trece cubanos deberían estar hoy en libertad (pero siguen en la cárcel). Todos purgan larguísimas condenas por tomar en serio las garantías que consagra la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Todos presos de conciencia, dice Amnistía Internacional.

Tanto se niegan a cambiar la prisión por un pasaje de ida sin regreso a España. Tanto odian el destierro. Tanto incumple el gobierno. Tanto ha hecho la Iglesia; tanto debe hacer.

Trece hombres. Tan en sus trece. Tanta razón.

(Oscar Elías Biscet, Héctor Maseda, Angel Moya, Arnaldo Ramos, Diosdado González, Guido Sigler, Pedro Argüelles, Eduardo Díaz, Librado Linares, Iván Hernández, Félix Navarro, José Ferrer, Luis Ferrer)

¿Qué futuro para los ex presos políticos cubanos en España?

El Nuevo Herald se pregunta cuál será el futuro de los presos políticos excarcelados por el gobierno de Cuba y enviados a España (Penurias y alegrías de los ex presos cubanos en España).

Estos hombres y sus familias están en una especie de limbo aunque el ministro de Relaciones Exteriores de España, Miguel Ángel Moratinos, gestor en parte de su traslado a ese país, apele a la paciencia y prometa el “mejor estatus”. Así y todo, hay una preocupante vaguedad en las palabras del rector de la diplomacia española.

El gobierno de España debe asumir plenamente la responsabilidad que contrajo al aceptar a los ex presos cubanos. No basta que se les haya liberado de una gran injusticia para someterlos a otra. Las autoridades españolas deben por lo tanto atender la obligación moral de proveer a estos hombres y sus familias de trabajo y vivienda decentes cuanto antes.

Los cubanos del exilio y la diáspora tampoco debemos olvidar a estos compatriotas cuando nos necesitan. Por iniciativa personal o colectiva debemos hacer valer nuestra solidaridad.

Cuba: sobre la liberación de los presos políticos

Las últimas semanas trajeron alegrías, esperanzas, frustraciones, incertidumbre e indignación para aquellos cubanos a los que nos importa la situación de más de un centenar de hombres encerrados en las cárceles de la Isla por sus ideas o su accionar político. El gobierno de Raúl Castro comenzó a abrir las rejas de sus ergástulas para que los presos del llamado Grupo de los 75 salgan hacia España. De ellos, más de diez ya se encuentran en Madrid con algunos de sus familiares y se prevé que en los próximos días y meses otros sigan el mismo camino.

Todos aquellos que pedimos por su libertad, ya sea en la Carta por la Liberación de los Presos Políticos que un grupo de valientes activistas hizo circular por internet o mediante protestas en Cuba o en cualquier parte del mundo, no podemos menos que sentir un auténtico regocijo porque comienza a atenderse el problema más urgente de derechos humanos que existe en el país. La liberación de los que padecieron y padecen cárcel por disentir siempre tiene una justa prioridad en la lista de nuestros reclamos.

Ver y oir a Pablo Pacheco, José Luis Paneque, Normando Hernández y a otros de sus compañeros cuando denuncian ante la prensa española los atropellos de que fueron víctimas deprime y, a la vez, reconforta. Ellos tienen esa mirada profunda y oscura de los que han visto el horror de la cárcel y a pesar de ello tienen el espíritu indemne. El fin de su castigo físico y psicólogico es una victoria que tiene de padres a Orlando Zapata y Guillermo Fariñas y de madres a las Damas de Blanco. Es, sin embargo, un logro que se diluye ante la condición impuesta por el gobierno cubano para su excarcelación: el exilio.

La liberación de los presos políticos es bienvenida pero no cambia en nada la naturaleza represiva del Estado. La mal llamada Ley de Protección de la Independencia Nacional y la Economía, por la que fueron a la cárcel continúa en plena vigencia. Este engendro jurídico que penaliza la libertad de expresión es sólo una de las muchas trabas que impiden que Cuba sea una democracia. Basta citar entre los muchos que siguen en pie las absurdas reglas migratorias que limitan la entrada y salida de los cubanos de su propio país.

Lamentablemente, no hay señal alguna de que el gobierno esté dispuesto a desmantelar su andamiaje de control político de la población. Alguien que debe saberlo es el canciller de España, Miguel Ángel Moratinos, quien negoció la solución a medias del drama de los presos. Moratinos dijo después de sus encuentros con Raúl Castro que el gobernante cubano “tiene las ideas muy claras” sobre un proceso de reformas económicas y sociales. Nótese la omisión de las libertades políticas.

En este contexto, la liberación de los presos sigue un guión al que está habituado el castrismo desde su instalación en el poder. Es indudable que la presión interna y externa y la difícil situación económica por la que atraviesa le obligaron a abrir la mano. Sin embargo, el régimen espera que ese toma venga con un daca indefectible, esta vez de la Unión Europea. La medida también podría también producir el beneficio de abrir grietas mayores al embargo de Estados Unidos.

Mucho se ha dicho de la intercesión de la Iglesia Católica cubana – porque de eso se trata – para lograr la excarcelación de los presos. Si hay algo positivo después de la reunificación de estos hombres con sus familiares es saber que la jerarquía católica ha asumido con valentía un papel que le corresponde en la sociedad cubana.

Analfabetos de democracia


La mayoría de los cubanos no reclaman derechos políticos porque Cuba es un país que carece de profundas tradiciones democráticas. Con este sofisma algunos pretenden explicar un asunto cuya complejidad evitan o desconocen.

Es cierto que en nuestra relativamente breve historia republicana tenemos un sobrante de dictaduras y un faltante de democracia. Aceptemos que en la Cuba de antes de 1959, las instituciones democráticas no funcionaron cabalmente y que nuestro sistema político estuvo plagado de males de tercermundismo. Reconozcamos que por edad sólo una minoría recuerda lo que fueron la separación de los poderes, las elecciones multipartidarias, y una prensa independiente.

Nada de lo anterior, sin embargo, demuestra el actual silencio de la mayoría cuando se trata de libertades civiles y políticas. Más que una carencia de hábitos democráticos, las razones hay que buscarlas en las limitaciones que mantiene el Estado castrista sobre los ciudadanos.Todavía son muchos los que temen a las consecuencias de pronunciarse por un cambio de sistema político y optan por demandar lo que más les urge, reformas económicas. A fin de cuentas, el propio Gobierno dice estar consciente de que estas últimas son necesarias.

Para ser justos, los cubanos no actúan de forma muy diferente a otros pueblos. El ansia por un mayor nivel de vida fue la motivación de las mayorías que dieron al traste con el comunismo en Europa Oriental. Para ellas estaba claro que ese objetivo sólo podría cumplirse con un cambio del sistema político.

No hay que olvidar tampoco que por lo general son los intelectuales, los estudiantes y pequeños sectores muy concientizados dentro de la clase obrera los que primero exigen reivindicaciones democráticas. Las mayorías siguen, como se vio en el caso de la misma Revolución Cubana.

La apatía entre la población de la Isla ante los llamados de la oposición por mayores derechos refleja no sólo un sentido de prioridades y temor sino también una ignorancia impuesta desde arriba. El hecho de desconocer la democracia no implica que algún día puedan reconocer si inmensa superioridad como sistema y establecer garantías para desterrar de una vez y por todas la imposición de dictaduras. Como analfabetos que un día aprenden a leer y a escribir.

Palabra de cardenal

Foto de Raúl Pañellas, Arzobispado de La Habana
El Cardenal Jaime Ortega, arzobispo de La Habana, convocó el jueves a una conferencia de prensa en la que informó sobre su reunión con el presidente Raúl Castro.

Lo más importante que dijo Monseñor Ortega:

1- Hay un diálogo informal con el gobierno cubano para un mejoramiento de las condiciones en que se encuentran los presos políticos.

2 – El gobierno podría poner en libertad a algunos de ellos.

3- No hay un compromiso por parte de las autoridades.

4 – Las gestiones de la Iglesia a favor de los presos políticos y las Damas de Blanco no tienen relación con la visita de Dominique Mamberti, Secretario para las Relaciones con los Estados de la Santa Sede, a mediados de junio.

5- El encuentro con Raúl Castro se realizó a solicitud del propio cardenal.

Una transcripción de la entrevista puede leerse en la revista de la arquidiócesis de La Habana, Palabra Nueva (ver aquí)

La Iglesia cubana habla de presos políticos con Raúl Castro


El presidente de Cuba, general Raúl Castro se reunió el miércoles 19 con los dos más altos representantes de la Iglesia Católica cubana, el cardenal Jaime Ortega, arzobispo de La Habana y el presidente de la Conferencia Episcopal, el arzobispo de Santiago de Cuba, Dionisio García. Al finalizar el encuentro de cuatro horas, monseñor García declaró a la prensa extranjera acreditada en la Isla que la situación de los presos políticos y sus familiares, las Damas de Blanco, fue uno de los temas que se abordaron. El arzobispo de Santiago dijo además que la liberación de los opositores encarcelados sería un proceso gradual que debe comenzar con “pequeños pasos”.

Por su significado, esta es sin lugar a dudas una de las noticias más importantes que nos ha llegado de Cuba en los últimos meses. Es evidente que los acontecimientos de este año en la Isla (la muerte de Orlando Zapata Tamayo, la huelga de hambre de Guillermo Fariñas, los atropellos a las Damas de Blanco) y su repercusión en el exterior han hecho ver al gobierno cubano lo contraproducente que es mantener en la cárcel a decenas de personas por motivos políticos (200, según la Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional).

La Iglesia cubana asume el papel de mediadora que le corresponde y lo hace a sabiendas que el camino no está exento de riesgos. El éxito de su misión depende de cuántos riesgos quiera correr a su vez el gobierno. Una liberación por etapas de todos los presos políticos o de la mayoría de ellos, podría establecer a la Iglesia como un factor a tener en cuenta en un futuro y largamente postergado proceso de reconciliación nacional. Si esa excarcelación fuera completa y sin condiciones, la Iglesia podría incluso intervenir activamente en una mediación con Estados Unidos.

Por otro lado, el gobierno cubano puede poner en libertad sólo a un puñado de presos políticos. La jerarquía católica aun así podría reclamar que su gestión valió la pena. Sin embargo, la oposición de fuera y de dentro reclamaría que los obispos le hicieron el juego a quienes ejercen el poder en Cuba, aliviándoles la presión interna y externa. El tiempo dirá.

Personalmente aplaudo la decisión del cardenal Ortega y monseñor García de abordar el principal problema de derechos humanos que tenemos en la Isla en esa conversación con Raúl Castro, lo que quizás habría sido imposible con su hermano. Hay que tomarlo con una sana dosis de duda pero esta vez quizás hay razones para un poco de optimismo.

Cuba: infausto aniversario

Hizo siete años de lo que nunca debió ocurrir. De eso que llaman “Primavera Negra”.

Setenta y cinco cubanos fueron detenidos y sentenciados a largas condenas de prisión por contrariar con hechos y palabras al gobierno de mi país. No formaron una guerrilla ni pusieron bombas, ni siquiera lanzaron piedras. Querían sólo cambios, en paz.

La mayoría sigue hoy en la cárcel. Son rehenes para un canje con Estados Unidos que no vendrá. Eso lo saben los gobernantes de Cuba. Saben también que nada ganaron con el encierro. Es más, han perdido y pierden cada día ante los ojos del mundo. Un indulto ayudaría pero ¿cómo conciliar la lógica con aquel dominio del absurdo?

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