Ai Weiwei, en silencio

Ai Weiwei - Foto de David Gray, Reuters

Ai Weiwei, artista y disidente chino, fue puesto en libertad bajo fianza hoy por las autoridades de su país después de más de dos meses de detención. La agencia oficial Xinhua asegura que Ai se confesó culpable de evasión fiscal. Su liberación, nos dice el órgano de propaganda del gobierno chino, se debe a que el activista pro derechos humanos está dispuesto a abonar los impuestos impagos al Estado. Según “los ojos y la lengua del Partido”, que así le dicen a la Xinhua o Nueva China, se tomó en consideración la enfermedad crónica que padece Ai. Todo un encomiable gesto de humanidad: ¿qué más podría esperarse de los herederos de Mao?

Por su renombre internacional, Ai Weiwei es el crítico que más molesta a los gobernantes comunistas, resueltos a impedirle que llegue a líder y mártir. Con las acusaciones de evasión fiscal, los artífices de la represión en China creerían haber encontrado un remedio para Ai: asociarlo con delitos comunes es una forma de acallar su activismo. La mordaza, esta vez impuesta por las condiciones de una libertad condicional, puede ser tan efectiva como la cárcel.

“Neutralizar” a Ai Weiwei, sin embargo, no será fácil. Alguien como él, que ha padecido golpizas, persecución y celdas, debe estar más que curado de espanto. Tendrá alguna forma de burlar el silencio. Dios lo quiera, por el bien de China.

Ai Weiwei, las causas de un rebelde

Hu Jintao se cura en salud

Del manojo de dictaduras que queda en el mundo, la de China es particularmente arbitraria, brutal y bruta, cuando se trata de prevenir la más mínima expresión de descontento.

Su última fechoría es la detención de decenas de disidentes e inconformes, entre los que destaca Ai Weiwei, un artista de renombre internacional que colaboró en el diseño del estadio olímpico de Pekín. De él he hablado antes en este blog.

Ai Weiwei fue arrestado hace más de 36 horas cuando se disponía a embarcarse en un vuelo a Hong Kong. Un día antes se le había prohibido salir del país. Todavía se desconoce su paradero.

El gobierno chino tiene un miedo irrefrenable a que surja un movimiento de protestas similar a los del Medio Oriente. Es por eso que detiene, incomunica y encarcela sin el mínimo pudor. No importa que sean pocos; es mucho lo que está en juego.

En esta ocasión, el régimen parece haber ordenado la búsqueda y captura de quienes convocaron en internet a los chinos a manifestarse pacíficamente en febrero pasado. Los organizadores de las protestas pretendían que fueran el comienzo de una “revolución de jazmín”. Para impedirlo, la policía invadió literalmente las calles de Pekín y Shangai donde estas debían realizarse.

Hu Jintao, el actual presidente y secretario general del Partido Comunista, prefiere mantener en política el puño cerrado. En su forma de ver las cosas, las libertades individuales no pueden poner en peligro la estabilidad del sistema. Sabe, que aunque la mayoría de los chinos no conoce a los disidentes, hay suficientes motivos para protestar: el desempleo, la brecha entre ricos y pobres, la casi inexistente seguridad social, la corrupción, el viciado sistema judicial, por solo mencionar algunos problemas a lo largo y ancho del país.

Hu aplica un remedio preventivo. Como hombre inteligente que es debiera saber que su cura tiene un alcance limitado: el disenso continuará mientras China niegue los derechos de sus ciudadanos.

Ver: Ai Weiwei, las causas de un rebelde

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