Cuando el periodismo se prostituye


El periodismo muere por defecto o por exceso: se desvirtúa y pierde su honesto nombre cuando toca los dos extremos. No hay auténtico periodismo cuando un señor o una señora que dice ejercerlo oculta o edulcora la realidad del país donde vive en defensa de un gobierno. Tampoco puede llamarse periodismo al sensacionalismo o amarillismo que se nutre de la sordidez y que no tiene empacho en tergiversar la verdad por hacer más dinero. Son dos ejemplos de la prostitución del oficio de periodista.

Del primero sabemos bien los que hemos vivido y los que todavía viven bajo regímenes dictatoriales. El segundo es, desafortunadamente, un mal de sociedades más abiertas, un inescrupuloso abuso de la libertad de prensa.

El tabloide británico News of the World, que está en el centro de un megaescándalo en el Reino Unido, es quizás el mejor exponente del desenfreno de la prensa amarilla.

En su afán por generar noticias, personas en la nómina del periódico intervinieron ilegalmente los teléfonos de personalidades de la política, el cine y el deporte. Llegaron incluso a espiar las conversaciones telefónicas de familiares de las víctimas de los atentados del 7 de julio de 2005 y de militares destacados en Afganistán.

Lo peor de todo fueron las escuchas de los mensajes grabados en el buzón de voz del celular de Milly Dowler, una adolescente de 13 años, asesinada en 2002. Algunos de ellos fueron borrados para permitir que se dejaran nuevos mensajes, lo que hizo creer a los padres de Milly que ella todavía estaba viva.

El asunto no es reciente. De hecho, dos de los involucrados en las escuchas telefónicas están en la cárcel desde 2007. Sin embargo, es ahora que se conoce la extensión del problema. Cuatro mil personas habrían sido espiadas, con los agravantes que suponen casos como el de Milly Dowler. Por si fuera poco, los excesos del dominical no quedan ahí: varios policías habrían recibido dinero a cambio de información.

Ante la indignación generalizada, el dueño de News of the World, el magnate australiano Rupert Murdoch, decidió cerrarlo. James Murdoch, hijo del multimillonario y presidente de la compañía News Corporation para Europa y Asia, anunció que el periódico, fundado en 1843, saldrá a la luz por última vez el domingo 10 de julio.

Murdoch, su hijo y sus subalternos, entre ellos Rebekah Brooks, ex editora del dominical y directora ejecutiva de la editorial News International, dicen deplorar las escuchas telefónicas y niegan haber tenido conocimiento de ellas. Sin embargo, las dudas sobre Murdoch Jr y Brooks no parecen disiparse.

El escándalo llevará a algunas personas a la cárcel, aquellos que hicieron el “trabajo sucio”. Como casi siempre, es probable que nada sucederá a quienes desde arriba le dieron luz verde.

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La cobertura del escándalo en el diario británico The Guardian.

De matrículas universitarias y violencia

El gobierno británico logró aprobar hoy en el parlamento su polémico aumento de las matrículas universitarias. En el futuro, las universidades de Inglaterra podrán cobrar hasta nueve mil libras esterlinas (más de 14 mil dólares) a quienes deseen estudiar en ellas.

Hace unos años el ingreso a la universidad era todavía gratuito. Fue así que un amigo, a pesar de venir de una familia pobre, cursó estudios en un centro universitario del sur del país. Debía pagar solo los libros y el alojamiento. Con un préstamo de su padre y un trabajo a medio tiempo como camionero pudo sufragar sus gastos. Según me dice, graduarse le habría sido imposible bajo el nuevo régimen.

El incremento de las matrículas ha provocado ya violentas protestas contra la coalición conservadora-liberal demócrata. Hoy en Londres, grupos de manifestantes atacaron el automóvil en que viajaban el príncipe Carlos y su esposa,  el Ministerio de Economía, la sede del Tribunal Supremo y una tienda en Oxford Street. Los vidrios rotos y las pintadas se han hecho recurrentes en los alrededores de la sede del gobierno.

No puedo dejar de solidarizarme con los estudiantes, la mayoría pacíficos, cuya causa se roban unos pocos. Lamentablemente, nada hará dar marcha atrás a David Cameron y sus ministros que, aunque lo nieguen, han convertido las universidades en cuestión de dinero.

Transición a la británica

Finalmente tenemos un nuevo gobierno en este país después de una elección sin claro ganador. Cinco días de un nudo que se desata con una coalición de dos partidos que dejan a un lado sus diferencias, ¿hasta cuándo? Motivos habrá de sobra para reclamar un divorcio por incompatibilidad. Démosles de todas formas el beneficio de la duda en la noche de este himeneo que hasta hace poco parecía improbable.

Fue un privilegio ver la historia transcurrir en tiempo real. Una hora y media de renuncia, visitas a la reina y toma de posesión, todo en una precisa coreografía. Es inexplicable que la transición rauda e impecable de los británicos no se haya convertido en un producto de exportación. Un primer ministro se va de su residencia en el 10 de Downing Street y su sucesor se instala en ella el mismo día. Nada de largos preparativos para el traspaso de poderes.

Más que la transición, lo importante es que a partir de hoy dos partidos intentarán gobernar juntos, la primera vez desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Lo harán después de muchos compromisos aun en temas que parecían fundamentales.  Ahí hay una lección.

Paisaje después de la batalla electoral

A estas horas el futuro político de Gran Bretaña se decide en la Plaza St. John Smith, no muy lejos del Támesis, donde está la sede del Partido Liberal Demócrata. Es un lugar que conozco bien, una plaza de elegantes edificios del siglo XVIII y XIX, en la que estaba la primera compañía para la que trabajé en Londres.

Nick Clegg, líder de los liberal demócratas, discute con la plana mayor de su partido la propuesta de los conservadores para entrar en una coalición. No muy lejos de allí, David Cameron espera ansioso con sus colaboradores la respuesta y cavila sobre el camino a seguir en caso de recibir un “no, gracias”.

Estamos ante ese espectro, ese cuco de la alta clase política británica que es “a hung parliament“, un parlamento “colgado”, es decir uno que no puede trabajar efectivamente porque no hay mayoría absoluta con la que un gobierno puede hacer aprobar leyes y programas. En la contienda electoral, ningún partido se hizo con el trofeo de los 326 escaños, cifra necesaria para instalarse en el poder. Es por eso que, por primera vez desde 1974, este país está en vilo, en niebla política.

A pesar de que la imagen de un parlamento sin los pies en el suelo conjura tremebundas asociaciones, debemos mirar a lo positivo de una coyuntura a la que nos trae nuestra imperfecta democracia británica. La negociación entre partidos con enfoques tan diametralmente opuestos sobre muchos asuntos fundamentales puede tener resultados beneficiosos: cualquier paso futuro de nuestros gobernantes iría más allá de los intereses de un solo grupo político. Por supuesto, también está el peligro de que tal sea el tira y hala, que gobernar sea imposible y que cualquier programa que quiere una relativa mayoría se diluya con tantas concesiones a las minorías.

Las dictaduras lo tienen fácil con su “ordeno y mando”; las verdaderas democracias deben exponerse al riesgo de parálisis momentáneas para determinar la mejor manera de seguir camino. No tengo duda de que es un inconveniente que bien vale la pena.

Gran Bretaña: fin de una época


Winston Churchill dijo que el mejor argumento contra la democracia es una conversación de cinco minutos con el votante medio. Desconozco el contexto de la frase pero él, que fue uno de los primeros ministros a los que más le debe Gran Bretaña, tenía grandes motivos para desencantarse con las mayorías que deciden en las urnas. Churchill, que mantuvo en alto la moral del país durante los terribles años de la Segunda Guerra Mundial, perdió sorprendentemente las elecciones celebradas poco después del fin de aquella contienda. De nada le valieron su estatus de héroe nacional y su prestigio de gran estadista. Los británicos prefirieron confiarle la reconstrucción del país al Partido Laborista y no al Partido Conservador de Churchill.


Este jueves 6 de mayo, el votante medio que desdeñaba Churchill tendrá de nuevo la palabra. Si las encuestas dicen la verdad, – aunque no somos pocos los que deseamos que estén erradas – entonces los herederos del “Bulldog Británico” tomarán otra vez las riendas del gobierno después de 13 años en la oposición. Lo harán si logran ganar 326 escaños de la Cámara de los Comunes, solos o en alianza con otros partidos minoritarios.

Dentro de unas horas terminará una etapa y comenzará otra en la vida de este país. Coincidirá con el cambio de gobernantes que impondrán los votos y también con la improbable continuidad de quienes están en el poder. Será un período de dolorosos recortes en los gastos del Estado para reducir una pavorosa deuda pública que es la única forma de evitar la bancarrota. Cualquier gobierno que resulte electo hoy, tarde o temprano, deberá despedir a decenas de miles de empleados de la administración pública en los próximos años, con el elevado costo social que la medida conlleva.

Desde 1997 hasta el comienzo de la crisis financiera en 2007, vivimos un período de vacas gordas en el que el Estado y los ciudadanos gastamos a manos llenas con tanto crédito fácil. La realidad está tocando a nuestra puerta desde hace dos años pero a nivel nacional el gobierno había postergado hasta ahora el ajuste que impone vivir con los medios propios. Hay una palabra que resume el tono de esa nueva época en la que nos adentramos: incertidumbre. 

Todo sobre las elecciones en 

Votar por una causa casi perdida

Ejercí ya mi derecho a votar, como ciudadano británico, en las elecciones generales del próximo jueves 6 de mayo. Soy uno de los siete millones que optamos por el sufragio anticipado por correo para evitar presentarnos en los colegios electorales. Sin embargo, debo reconocer que el acto de poner cruces junto al nombre de los candidatos en la comodidad de nuestras casas no tiene el atractivo de participar en el rito de las urnas.


En fin, voté por la diputada del Partido Laborista, una joven aspirante por primera vez a un escaño en el Parlamento, que a  mi solicitud, tuvo la amabilidad de escribirme un correo con su opinión sobre Cuba, asunto lejano y prácticamente desconocido por muchos políticos británicos.

Mi decisión de optar por el partido de Blair y Brown se fundamenta en la convicción de que su propuesta es la mejor para el país en que vivo hace casi 20 años. Como gobernantes cometieron errores – ¿quién no en el imposible ejercicio de contentar a todos que es dirigir un país? – pero sus propuestas en materia económica, que es lo que más preocupa, son mucho mejores que las de sus opositores, los conservadores y los liberal-demócratas. 

Sin embargo, la mayoría no parece pensar como yo, según las encuestas de opinión. El Partido Conservador sigue a la cabeza de las intenciones de voto y de cerca le sigue el Partido Liberal-Demócrata que habría desplazado del segundo lugar al Partido Laborista, gracias en parte al carisma de su líder Nick Clegg y a que los inéditos debates de los líderes de los principales partidos por televisión le dieron una oportunidad de llegar a millones de electores que lo ven ahora como una alternativa.

Gordon Brown, poco telegénico y malhadado de por más, no parece haber convencido a la mayoría de que es mejor seguir estimulando la economía, en lugar de hacer drásticos cortes para reducir una enorme deuda pública. Nada parece ya salvarlo a él y al partido que apoyo de una estrepitosa derrota en las elecciones. Y aunque todavía no puede descartarse una alianza con los liberal-demócratas para lograr una mayoría en el Parlamento, esa posibilidad se presenta cada vez más lejana.

Mi voto no estaría perdido del todo. Echar cábalas en política es un asunto riesgoso pero las predicciones indican que el municipio donde vivo, al que se describe como multicultural y de mayoritaria clase obrera, sigue siendo un bastión del laborismo. Es casi seguro que la próxima diputada por Walthamstow esté en las filas opositoras. Cabe esperar entonces que sea parte de una oposición combativa y efectiva. Este país lo va a necesitar.   

Cuando continuidad es mejor que cambio

Estoy convocado a votar. En Gran Bretaña.  El próximo 6 de mayo seré uno de los millones de electores que celebraremos o lamentaremos.

Nadie se aventura a predecir el resultado de estos comicios. Las encuestas no revelan un ganador con mayoría para formar gobierno aunque los conservadores lleven 10 puntos de ventaja al laborismo gobernante.

Las elecciones generales vienen por primera vez en casi dos décadas con el signo de la incógnita: ¿Gordon Brown o David Cameron? ¿El actual primer ministro o el líder de la oposición? ¿La continuidad o el cambio?

Gordon Brown y sus laboristas, en la centroizquierda. Más al centro que a la izquierda. Algunos dirán que se inclinan a la derecha. Depende del lente ideológico con el que se mire.

Los conservadores: una centroderecha que lleva años desempercudiéndose para dar imagen de modernidad y andar al paso de las mayorías. David Cameron: un dirigente relativamente joven y enérgico que no alcanza a convencer como Tony Blair hace 13 años.

Y entre otras opciones, la de Nick Clegg y sus liberal-demócratas, que se pasean del centro a la centroizquierda. Los más europeístas, se opusieron con vehemencia a la guerra de Irak y propugnan un cambio en el sistema electoral que les permita ocupar más escaños en el parlamento. Compondrán coalición con uno de los otros dos partidos si ninguno de ellos obtiene la mayoría absoluta. Gobierno de coalición que no ha habido desde 1945.

Así las cosas. Los laboristas, es verdad, cumplieron pero también decepcionaron. ¿Qué gobierno no?

Voté por ellos en 1997, 2001 y 2005. Y lo haré de nuevo en 2010.

Porque no se entrega una economía que comienza a salir de una crisis a manos inexpertas; porque cambio en el timón ahora significará recortes, grandes recortes, en los gastos del Estado que nos afectarán a todos. Amén de otras razones.

Continuidad es a veces mejor, mucho mejor, que cambio. Y esta vez es una de ellas.

Desnudo por amor al arte

Justin Holwell vino desde Leicestershire, se subió en el cuarto pedestal de la Plaza de Trafalgar, en el centro de Londres, y tranquilamente se quitó la ropa ante la mirada atónita de los transeúntes. El joven, de 24 años, posó desnudo casi durante una hora, entre las 2 y las 3 de la tarde del pasado domingo.

Holwell es uno más de los 2400 voluntarios que desde el 6 de julio al 14 de octubre ocupan las 24 horas del día el pedestal como parte del proyecto One & Other del escultor británico Antony Gormley. Los participantes tienen libertad para hacer lo que deseen en 60 minutos desde el momento en que una grúa los deposita en el lugar.

El desnudo, que causó más diversión que escándalo, es el segundo de la obra y, a diferencia del primero, la policía no intervino. El mes pasado, otro hombre, de casi 50 años, se desnudó durante la madrugada pero no tardaron los agentes del orden en pedirle que se vistiera.

En realidad, según la legislación vigente en Inglaterra y Gales no se puede impedir a nadie estar sin ropas en público. Se considera que es delito sólo si se prueba que hubo intención de ofender.

A Holwell le tiene sin cuidado que hayan presentado una denuncia por exhibirse como vino al mundo. El no ve nada errado en lo que hizo porque, según dijo a la BBC “se trata del cuerpo humano y todos somos iguales. No es que yo esté mostrando algo que otros no tienen”. Al parecer otros participantes se proponen hacer lo mismo.

Atentados de Londres: todavía sin justicia

Tres hombres acusados de ayudar a los cuatro atacantes suicidas del 7 de julio de 2005 en Londres fueron absueltos ayer.

Sobre la noticia, el diario The Guardian tiene el titular más elocuente:

Cuatro años, 52 muertos, 100 millones de libras- no hay condenas.

Dos de los absueltos, jóvenes musulmanes nacidos en Gran Bretaña, deberán todavía responder por su intento para alistarse en un curso de entrenamiento en técnicas terrorismo en Pakistán.

Hay frustración en los familiares de las víctimas, la policía y en muchos británicos porque los perpetradores de los atentados no actuaron solos.

En medios de seguridad se calcula que hasta 20 personas habrían colaborado con los suicidas del 7 de julio.

Los tres hombres absueltos ayer, Waheed Ali, Mohammed Shakil y Sadeer Salem, habían sido acusados específicamente de participar en operaciones de reconocimiento en Londres en preparación de los atentados.

La prueba contra ellos es que se encontró ADN y huellas dactilares que los vinculaban a fábricas de explosivos en Leeds, en el norte de Inglaterra y un viaje a la capital en compañía de dos de los atacantes, Hasib Hussain y Germaine Lindsay entre el 16 y el 17 de diciembre de 2004.

Su defensa fue que sólo vinieron a pasear a Londres y que se oponen por convicción a los atentados suicidas.

A pesar de que en este país hay cámaras de vigilancia por todas partes no se encontró ninguna filmación de la visita.

Así están las cosas.

Según The Guardian, la comisión de inteligencia y seguridad del parlamento publicará un informe que señala las “oportunidades perdidas” del MI5, el servicio de inteligencia nacional y la policía de West Yorkshire, el condado de donde eran los autores materiales de los atentados para seguir la pista a dos de los atacantes suicidas.

Hay muchas dudas sobre el papel de los servicios de inteligencia y la policía por lo que parece negligencia y falta de comunicación.

A falta de pruebas, es poco probable que nadie sea llevado a los tribunales por haber colaborado o protegido a los asesinos, llamémoslo aunque sea una vez por lo que son.

Por eso es más urgente que nunca que comience una investigación independiente sobre lo que falló en el trabajo del MI5 y la policía.

Es lamentable decirlo pero es lo menos que puede hacerse por los sobrevivientes y los familiares de las víctimas.

El alto precio de Afganistán

Paul Upton: 31 años
Tom Gaden: 24 años
Jamie Gunn: 21 años
Michael Laski: 21 años
Los cuatro eran soldados británicos en Afganistán; los tres primeros murieron en la explosión de una bomba el miércoles, el cuarto perdió la vida a consecuencia de heridas en combate.
Sus rostros pasaron brevemente en la televisión y aparecieron en la página interior de algún diario.
Pocos nos dimos cuenta, muchos menos hablamos de ellos.
Tan preocupados estamos con la crisis y la avaricia de los banqueros.
¿Quiénes, a no ser familiares y amigos, recordarán sus nombres?
Serán una estadística más.
Son ya 149.
Hombres que apenas habían comenzado a vivir.
¿Vale Afganistán ese precio?

La saga de Mohamed

Binyam Mohamed , el último de los residentes británicos en el centro de detención de Estados Unidos en Guantánamo, Cuba, regresará a Gran Bretaña.
Sería interesante saber por él mismo, no por sus abogados, de su horrible experiencia.
Si pudiera, le preguntaría por ejemplo si haría lo mismo en el caso de que tuviera una nueva oportunidad.
Sin embargo, me temo que quienes estamos interesados nunca sabremos toda la verdad.
De lo que sí estoy seguro es que su saga continuará: las autoridades británicas le recordaron que su status de residente no es permanente.

Vita brevis

Tenían toda una vida por delante pero ya no será.

Un cuchillo cortó ese frágil hilo. Se deshizo el milagro.

Vita brevis sin tiempo ni lugar para arte de ningún tipo.

Esta mañana llega la noticia de que otros dos jóvenes, uno de 19 y otro de 18 años, murieron apuñalados en las calles de Londres.

La muerte adelantada, inoportuna.

Seguramente sus amigos depositarán flores y postales de despedida donde cayeron, como improvisado requiem.

No he visto sus retratos pero las víctimas de esta ola de muerte son por lo general negros.

Sucumben en un círculo infernal de familias inoperantes con padres irresponsables o ausentes, escasa educación y una subcultura de drogas y exaltación de la violencia.

A falta de derrotero, se agrupan como lobos en jauría. Su mentalidad es básica: delimitan territorio y atacan rivales.

Perdedores casi natos. Les falló una sociedad que padece la enfermedad de la incuria y cuyo tejido tiene demasiados agujeros.

¿Y qué hacen las autoridades?

Atienden las manifestaciones del fenómeno pero no suficientemente las causas. Así, en resumen.

Miremos atrás. Cuando los laboristas bregaban por llegar al poder a mediados de los noventa, el mantra de Tony Blair, que se encaminaba al apogeo de su carrera política, era “tough with crime, tough with the causes of crime“, mano dura con la delincuencia, mano dura con las causas de la delincuencia.

Muy bien pero por lo que ha sucedido en los doce años desde la victoria en las urnas de un renovado Partido Laborista, aquella fue una argucia política (y no soy cínico por naturaleza) o la delincuencia es un monstruo de mil cabezas imposible de dominar.

Lo que más duele del amplio catálogo del delito es la injusta e innecesaria pérdida de vidas jóvenes.

Y aquí hemos hecho una regresión histórica: como en un drama de Shakespeare la muerte se ceba a cuchillo en cuerpos adolescentes.

El paralelo no se le escapa al teatro El Globo que presentará una puesta en escena de Romeo y Julieta dedicada gratis a 10 mil jóvenes de 14 años durante una semana a partir del 9 de marzo.

Loable e inteligente iniciativa pero hasta que el Gobierno con todos los resortes que tiene a su disposición no tome cartas en el asunto, tendremos otros muchos tristes recordatorios de truncas y breves vidas en los más insospechados rincones de Londres.

Lo que preocupa a Stella

La ex directora de los servicios de contrainteligencia y seguridad de Gran Bretaña, Stella Rimington, critica al Gobierno por lo que considera como la restricción de las libertades individuales en la lucha por evitar nuevos atentados terroristas.

En palabras de Dame Stella, por cierto la primera mujer que dirigió el MI5 de 1992 a 1996: “sería mejor que el Gobierno reconociera que existen riesgos en lugar de atemorizar a la gente para poder aprobar leyes que restringen las libertades, precisamente uno de los objetivos del terrorismo: que vivamos atemorizados y bajo un Estado policial”.
La ex directora de la contrainteligencia, que hoy se dedica a escribir novelas de ficción, se refería a medidas introducidas después de los atentados que sacudieron a Londres y al país en julio de 2005.
Por ejemplo, el aumento del período máximo de detención de 14 a 28 días antes de que se presenten acusaciones formales, los límites a la libertad de expresión cuando se usa para proclamar que la religión musulmana y la democracia occidental son incompatibles o la prohibición de tomar fotos de policías en público.
Si bien es cierto que organizaciones defensoras de los derechos civiles y algunos sectores consideran estas medidas como inaceptables, la absoluta mayoría de los británicos prefiere seguridad aunque esta venga aparejada con límites a las garantías individuales.
¿Cómo lograr seguridad sin que se introduzcan leyes que restrinjan los derechos humanos de algunos individuos, tal como quiere Stella?
Personalmente, y este es un sentir mayoritario, creo que es un mal necesario.
Podrá haber excesos de la policía en algún caso pero, aun en tiempos de incertidumbre, seguimos viviendo en un estado de derecho.
La alternativa es que un potencial suicida vuelva a repetir la tragedia de 2005. Y que no haya duda de que las conspiraciones continúan, a veces muy cerca de donde vivimos.
Cuatro de los jóvenes que complotaban para hacer estallar aviones en medio del Atlántico, como informa hoy la BBC, eran de mi barrio.
Por otra parte, no me explico porqué la prensa británica se demoró tanto en publicar las declaraciones de Stella Rimington. The Daily Telegraph las dio a conocer hoy, 13 días después de La Vanguardia.
Sin embargo hay una sensible diferencia de prioridades. El diario catalán prefiere destacar “La prensa me calificó de ama de casa superespía” mientras que el británico titula “Spy chief: We risk a police state”.
En fin, cosas de medios.

Vindicación del chavismo

Antes de que me ofendan unos o me apoyen otros, permítanme una aclaración de entrada. No me refiero a ese chavismo que ustedes piensan.

Se trata de un homónimo, por lo menos en inglés. Según el Urban Dictionary, chavism es todo lo que tiene que ver con los chavs, esos jóvenes o adultos jóvenes, que en este país, se caracterizan por lo que se define como mal gusto en el vestir: gorras de béisbol, pantalones deportivos, ropas de “marca” y el uso del lenguaje más soez, aun cuando es totalmente innecesario. Creo que ya tienen una idea. Por aproximación, el chav británico podría ser el hortera de España, el cheo de Cuba, el roto de Chile, el huachafo de Perú o el tierrúo o “cajita fuerte” de Venezuela.

La palabra chav, que es peyorativa, hizo su aparición hace unos cuatro o cinco años y se dice que es de origen gitano. En lengua romaní, chavvy es muchacho o muchacha.

Esta semana los chavs hicieron noticia en Inglaterra cuando una agencia de viajes publicó un anuncio de vacaciones libres de…eso mismo, chavs. Así lo informó la BBC.

La publicidad en cuestión decía que en los paquetes turísticos que ofrece la compañía nunca habían estado ninguna Britney, Dazza, Bianca, Chardonnay o Candice pero sí personas con nombres como John, Sarah, James, Charlotte y Lucy.

El anuncio ofendió. ¿Chav yo?, dijeron algunos en airada protesta, y argumentaban: ¿cómo puedo serlo si tengo mi propio negocio, soy graduado universitario y manejo un Mercedes?

En realidad puede decirse que una cosa no quita la otra. Hay chavs que tienen dinero y manejan automóviles de último modelo.

Es difícil encontrar algo positivo en esa forma de vestir o de hablar. Más aun, en su peor manifestación, el chavismo puede significar delincuencia común, borracheras y peleas callejeras.

Sin embargo, a pesar del sambenito, hay quienes se muestran orgullosos de ser chavs. Los he escuchado en la radio y debo decir que aplaudo cuando alguien reivindica su particular forma de vivir sin perjuicio ajeno, gústeme o no.

Entre el vilipendiado chav que sin duda puede resultar molesto un viernes por la noche en el metro y un banquero de la City, culpable de esta debacle económica en que nos encontramos, pueden adivinar con quien están mis simpatías.

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