Juzgar a Fidel

A Fidel Castro le hemos extendido el certificado de defunción política demasiado rápido. Admitamos que el hombre que gobernó a Cuba cual monarca absoluto durante más de medio siglo, es hoy más que cenizas y recuerdos: el modelo de país que creó a su imagen y semejanza sigue en pie con algunos cambios y no hay señales de que vaya a ser sustituido ni a corto ni a mediano plazo.

Con obra vigente y fidelatría exacerbada, se impone hacer memoria porque, entre las reacciones a la muerte de Castro, está la de aquellos que se inhiben de hacer juicio y prefieren que juzgue la Historia. Como si el decurso del tiempo pudiera decirnos algo nuevo que todavía no sepamos y aportara algo que incline la balanza a favor o contra. Tal incapacidad pudiera ser comprensible en un extranjero por desconocimiento pero en un cubano suena tremendamente falsa, a menos que padezca de amnesia o conveniente ignorancia.

Juzgar al muerto es posible hoy porque Fidel puede contarse en millones de historias personales. La mía ciertamente no tiene nada de extraordinaria, comparada a la de otros que perdieron la vida, sufrieron cárcel o fueron despojados arbitrariamente del fruto de su trabajo pero algo me tocó de cerca. Yo simplemente soy un cubano más a los que el castrismo quiso convertir a su culto sin lograrlo.

A los cinco años, ya sabía quién era Fidel Castro. Uno de los libros con los que aprendí a leer tenía en su última página la imagen de un barbudo vistiendo uniforme verde olivo en medio de montañas.  Como a todos los niños de mi generación y las que seguirían, la escuela se dedicó a inculcarme la idea de que Castro era una especie de mesías que había rescatado a Cuba de un tirano sangriento, títere de Estados Unidos, para llevarla a un paraíso en el que todos éramos iguales.

Me habitué a crecer con un hombre que todo lo invadía. Entraba en las casas con sus interminables discursos, de los que a veces no había forma de escapar: algún fanático simpatizante hacía retumbar el vecindario con el televisor o la radio a todo volumen. Lo glorificaban diarios y revistas. Vivía en las consignas escritas en lugares públicos.

Sin embargo, crecí bastante inmune a la fidelización del país. En mi familia tenía el antídoto o los antídotos. Mi abuelo era un desilusionado de la causa revolucionaria. El, liberal y masón, había apoyado al Movimiento 26 de Julio con la esperanza de ver a Cuba retornar a la democracia. En su lugar, vio a su héroe asumir poderes dictatoriales y declararse comunista.

Mi padre había sufrido de la aversión del régimen al emprendedor. Se había construido una carpintería con préstamos bancarios acogiéndose a la política del gobierno de propiciar la pequeña empresa durante sus primeros años. Una vez que prosperó y pagó puntualmente el empréstito, lo perdió todo durante las últimas confiscaciones de negocios privados a finales de los sesenta. “Vinieron como hormigas y cargaron no solo con las máquinas. Se llevaron hasta cables y bombillos”, me contó mi madre. Y no paró ahí su mala hora:  en un intento de “reeducarlo”, fue enviado a cortar caña lejos de la familia durante más de un mes. Después, subsistiría haciendo trabajitos aquí y allá hasta entrada su vejez.

Mi madre tenía motivos para no simpatizar con la Revolución. Uno de sus hermanos había muerto en el bando contrario. Había visto irse del país a mi abuela a la que nunca volvió a ver y a la mayoría de sus hermanas. Del régimen reconocía como positivo el acceso gratuito a la educación y los servicios de salud pero detestaba todo lo demás, en especial el hostigamiento a los creyentes. Maestra de profesión, nunca militó en ninguna de las organizaciones de apoyo al gobierno, incluídos los CDR.

Tengo primos que sufrieron cárcel por intentar salidas ilegales del país. Tengo una tía a la que juzgaron en una plaza pública y condenaron a meses de prisión por intentar ganarse la vida en el mercado negro después de que le impidieran a ella y a su hijo emigrar legalmente a Estados Unidos.

A pesar de tener tantas razones para rechazar al régimen, algo del incesante discurso caló en mi y llegué a aceptar como necesarios sus cambios en la sociedad cubana y su visión de futuro. Eran mis primeros años en la universidad. Sin embargo, pronto la realidad se encargaría de poner fin a mi acercamiento a la causa de Fidel.  La desilusión comenzó con la hipocresía de muchos de los jóvenes comunistas con los que compartía estudios, mediocres estudiantes pero con un carné que les daba ventaja para delatar a otros y así canalizar sus envidias. El sistema era perfecto para ellos. Mi desengaño se hizo mayor al darme cuenta que aquella era una universidad donde la curiosidad intelectual tenía -y tiene- límites. Había temas innombrables como el Caso Padilla y solo mencionarlos levantaba sospechas.

Poco antes de los sucesos en la embajada del Perú en 1980, el omnipresente Fidel fijó su atención precisamente en las universidades del país. Alarmado por la influencia que podrían tener las primeras visitas masivas de emigrados cubanos en la sociedad en general y particularmente entre los jóvenes, declaró que “la universidad es para los revolucionarios”. Así, desató una fea cacería de brujas en la que todo aquel que estuviera desviado del dogma o se percibiera como tal fue expulsado o castigado de alguna forma. Los aprovechados tenían rienda suelta. Yo mismo fui víctima de aquella persecución. Lo he contado ya en este blog y no vale la pena volver sobre ello.

En todo caso, semanas después, comenzarían los maltratos y la humillación a los cubanos que le habían tomado la palabra al Máximo Líder para emigrar durante el éxodo del Mariel. Fueron muchos los insultados, hostigados, y en algunos casos agredidos y lesionados solo por disponerse a abandonar la Isla.

Desde entonces, como tantos jóvenes, dejé de ver mi futuro en un país bajo el dominio de un hombre que, con tal de mantener el poder absoluto no tenía reparos en aterrorizar e instigar a la violencia. Un día salí de Cuba. Atrás dejé los abusos del poder, la intolerancia y la exclusión, la eterna vigilancia, las delaciones, las carencias provocadas por el pésimo manejo de la economía, el deterioro material y moral y la ubicua presencia de Fidel.

El dictador difunto deja admiradores en Cuba y allende. Porque a Fidel, lo que es de Fidel: entre sus artes estuvo la capacidad de embelesar y el embeleso perdura. Los devotos nacionales tienden a confesarse  deudores por la gratuidad de la educación y la atención sanitaria; los extranjeros lo encomian principalmente por enfrentarse a Estados Unidos y sobrevivir por tanto tiempo. Unos y otros andan ciegos, sordos y mudos ante su funesta herencia en el respeto de los derechos humanos y el rosario de descalabros económicos que han expuesto a los cubanos a una innecesaria pobreza durante décadas. Como si lo que celebran justificara atropellos y carencias.

El fidelato nos marcó y sus efectos se sentirán por largo tiempo. Los que lo vivimos no tenemos que esperar a ningún juicio de la Historia. Nosotros somos la Historia.

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