Con la burocracia cubana hemos topado

Death_of_a_Bureaucrat

Fragmento de un cartel de la película cubana La muerte de un burócrata (1966)

Mi entrada a Cuba no estuvo exenta de contratiempos. La oficial de inmigración que examinó mi pasaporte me informó que debía renovarlo durante mi estancia en el país. De lo contrario: “tendrá problemas a la salida”. Todo un espléndido recibimiento.

Como todos los pasaportes cubanos, el mío se vence cada seis años pero debe validarse cada dos con sus consiguientes pagos.  El gobierno de Cuba somete así a sus ciudadanos a periódicos gravámenes para mantener un documento de poca utilidad a no ser para entrar y salir del territorio nacional.

Los que no están en el ámbito cubano recomendarán que quienes tenemos doble nacionalidad viajemos con el pasaporte del país adoptado. Varias veces escuché esa sugerencia. Es una opción imposible para Cuba, amigos míos.  Por ley, los que emigramos después de 1970 tenemos que ir a la tierra que nos vio nacer con el pasaporte cubano.

No renovarlo fue cuestión de olvido. El pase de marras permanece encerrado en un escritorio entre viaje y viaje a la Isla. No hace falta para nada más.

En todo caso, mi omisión, que pagué en tiempo, molestias y más dinero, me llevó a ser parte y testigo de algunas de las arbitrariedades que conforman el día a día del cubano.

-¿Dónde tengo que ir? , indagué con la oficial que me dio la mala noticia en el aeropuerto de La Habana.

-No sabría decirle. Creo que en las oficinas del carné de identidad del municipio donde se hospede. O pregunte arriba en las oficinas de inmigración.

Lo único que quería era salir de aquel lugar hacia mi destino. Ya averiguaré, me dije.

Intentar informarme por teléfono probó ser una vana ilusión. Nadie respondía las llamadas y, cuando lo hacían, era con un terminante “aquí no es”. Alguien sugirió una oficina en el Vedado, una pista falsa. Al llegar, resultó ser una especie de notaría para registrar propiedades y oficios. Dos buenas almas nos dirigieron al lugar correcto, en Miramar.

El taxista cobró bien el viaje. A juzgar por los precios, me atrevería a asegurar que los taxistas de La Habana deben estar entre quienes más ganan en Cuba. Si el salario mensual de un cubano promedio es de 20 dólares, algunos choferes ganan eso mismo en una sola carrera.

Mi destino era lo que llaman una consultoría jurídica donde la maquinaria burocrática cubana se manifiesta en su forma más burda, absurda e insensible. Radica en una de esas casas “de la antigua burguesía” convertida en dependencia pública.

Cuando llegué, un grupo de personas se arremolinaba ante la verja de la entrada principal cerrada con candado. Cada cierto tiempo, una empleada se acercaba y abría solo a aquellos que venían por ciertos trámites.  Tuve suerte: la prórroga del pasaporte me hizo franquear la reja.

En el piso superior había que registrarse antes de pasar a un salón lleno de personas que esperaban su turno en medio del calor de agosto que no mitigaba un solo ventilador.  Una mulata clara de anchas posaderas controlaba la admisión a aquella suerte de antecámara. Con amable sonrisa me indicó que me faltaba un sello tal y que debía estar de vuelta antes de la una de la tarde si quería ser atendido ese día.

Sin otra alternativa, busqué un taxi para que me llevara a uno de los bancos donde se vende el tipo de sellos para la validación de pasaporte. El chofer puso precio a la ida, la espera y la vuelta. Acepté para no perder más tiempo.  Al llegar cerca del banco, me confió:

-Mira, como hay cola, dame 5 CUC para el guardia en la puerta. Quédense aquí. Yo traigo el sello.

Pocos minutos después, el diligente chofer regresaba con la estampilla.

De vuelta al salón de espera, entre caras de fastidio y resignación, un hombre que se me había parecido al periodista disidente Reinaldo Escobar – esposo de Yoani Sánchez por más señas –  y que resultó serlo, exigió de la portera una explicación por dar prioridad a ciertas personas en detrimento de quienes esperaban desde muy temprano. El intercambio fue más o menos así:

-Hay dos empleadas, dijo con tranquilidad la guardiana. Una atiende pasaportes y la otra el resto de las gestiones. Tengo que ir intercalando.

-Esto es una falta de consideración a quienes están aquí desde las seis de la mañana. Lo que pasa es que ahora hay que sacar los antecedentes penales aquí también. Pongan más empleados.  Bastante dinero nos cobran en moneda convertible por todas las gestiones. Esta institución es francamente inmoral, respondió a voz alzada Reinaldo.

El quizás no lo vio o escuchó pero entre los que esperaban pacientemente hubo gestos y palabras de aprobación. Eso sí, casi en murmullo.

A la una de la tarde se nos pidió que abandonáramos el salón y saliéramos del edificio. Era la sacrosanta hora del almuerzo en la que nadie está a cargo. Todos salimos a la calle a matar 60 minutos de nuestras vidas.

Cuando al fin me llegó el turno, el trámite fue rápido.

-Venga dentro de tres días a buscar su pasaporte.  Ahora cuando baje, vaya primero a la oficina a la izquierda de la escalera donde entregará este documento. Después pague en la caja que está a la derecha. Una vez que tenga el comprobante, me lo trae de vuelta.

En la oficina de la izquierda había tres mujeres ociosas frente a sus computadoras. La que me atendió  escribió algo en su base de datos. Le tomó segundos, me devolvió el papel que le había llevado y volvió a su inactividad. La cajera, ausente de la caja, se hizo esperar unos minutos.

Al regresar tres días después para recoger mi pasaporte, me esperaba el mismo agobio en aquel salón que en su encarnación anterior como dormitorio de burgués vio seguramente momentos más gratos.

Un amigo acompañante me hizo notar que la portera hacía gestiones por personas que esperaban fuera de la habitación. Atento a lo que sucedía, vi llegar a una negra gruesa con quien parecía un marido europeo o canadiense.

– ¿Para recoger el pasaporte?

– Pida el último allá adentro.

– ¡Ay mami, no!…Mi avión se me va esta tarde.

– Pase a la primera oficina.

Con ese precedente, me acerqué a la dueña y señora de aquellas puertas y le susurré:

-Tengo un taxi que me está esperando –era verdad- y me está cobrando muchísimo  -que era relativamente cierto.

La empleada hizo un gesto como incordiada pero, receptiva a mi pedido, se levantó rápidamente y extendió la mano para que le diera mi citación. Un minuto después aparecía con mi pasaporte estampado con la dichosa prórroga. Las gracias y nos fuimos a toda máquina de aquel lugar.

Por un lapso que hallo difícil perdonarme, tuve que chocar nuevamente con uno de los aspectos más desagradables de la Cuba cotidiana, el de lidiar con una burocracia caribeñamente kafkiana, tan persistente como el régimen que la sustenta.

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