Londres 2012: ¿cuán seguros son estos Juegos Olímpicos?

Desde hace unos meses, el autobús 97 que hace la ruta hasta el centro comercial de Westfield en Stratford City, cerca del Estadio Olímpico, se detenía a un buen trecho de su destino, en un punto de control rodeado de abultadas barreras de concreto. Un empleado de transporte subía al vehículo y realizaba una rápida inspección de sus dos pisos. Solo cuando se daba por satisfecho con la requisa, el ómnibus continuaba su camino. El procedimiento común en zonas de conflicto – yo lo viví en Cisjordania – es totalmente inusitado en Londres. La inspección, sin embargo, no parece haber sido suficiente para quienes velan por la seguridad de las Olimpiadas: los autobuses han sido desviados hacia una estación más distante.

Otras medidas están ya en vigor para blindar el parque olímpico contra ataques terroristas. Así, los estacionamientos de autos en las cercanías cerraron hasta el fin de los Juegos Paraolímpicos en septiembre; los canales que rodean el Estadio han sido vallados; las embarcaciones que atracan en ellos fueron puestas a buena distancia y una vereda que conduce a las inmediaciones del recinto deportivo fue cercada para disgusto de algunos vecinos que se quejan inútilmente.

Las protestas tampoco han impedido que el Ejército coloque misiles tierra-aire en edificios de apartamentos en el este de Londres y en otras posiciones en el sur y el norte de la capital. En realidad, no son muchos los inconformes. Es más, me atrevo a asegurar que la mayoría de los más de ocho millones de habitantes de esta ciudad estamos conscientes de que ciertas restricciones e incomodidades forman parte de la factura por organizar unos Juegos Olímpicos en esta época.

El celo en defender el evento de atentados terroristas es comprensible. Londres ya los vivió hace siete años, precisamente el día después de celebrar que el Comité Olímpico Internacional le adjudicara la sede de la fiesta mayor del deporte. Corresponde ahora no servirle la más mínima oportunidad a unos potenciales atacantes, suicidas o no, tentados – ¿quién lo duda? – por el simbolismo y la magnitud de un golpe a un gobierno, una sociedad y un estilo de vida que odian profundamente.

Por supuesto, las medidas preventivas por sí solas no bastan para transmitirnos una sensación de completo sosiego. La falta de garantías de unos Juegos sin contratiempos se ve acentuada por la incapacidad de la compañía privada encargada de su seguridad, G4S, para adiestrar diez mil guardias, tal como se había comprometido con las autoridades británicas. El problema se dio a conocer solo a menos de tres semanas del inicio del evento.

Sin otra alternativa, el Ejército ha tenido que enviar 3.500 militares más de los que ya había asignado para proteger las instalaciones deportivas. Según el diario The Guardian, el número de efectivos de las Fuerzas Armadas presente en estas Olimpiadas llega a 17.000, casi más del doble de los destacados en Afganistán.

Las dificultades no paran con la oportuna intervención del Ejército en un evento cuya seguridad debería estar siempre en manos civiles. Por si fuera poco, se desconfía de la aptitud de los guardias de G4S. Un empleado de la compañía afirma que algunos de ellos no pudieron detectar armas en los registros de personas ni siquiera con el uso de detectores de metales durante el curso de formación. Aun así, recibieron el aval para trabajar durante los Juegos Olímpicos.

La persona más apropiada para responder la pregunta sobre cuán seguras son estas Olimpiadas es, sin duda, Jonathan Evans, director del MI5, el servicio de seguridad interno del Reino Unido. En un discurso el mes pasado, Evans dijo que no puede garantizar unos Juegos sin atentados terroristas. Según él, la mayor amenaza es la no esperada, la de simpatizantes de Al Qaeda desconocidos por la inteligencia británica. Y sentenció: “el perro que no has visto es posiblemente el que te muerde”.

A pesar de todo, no hay alarma entre los londinenses decididos a disfrutar de un gran espectáculo que difícilmente podrán volver a presenciar tan de cerca. Es el espíritu de gran ciudad curada de espanto. ¿Qué terror pueden infundirles unos fanáticos a ellos que llevan en la sangre la inquebrantable firmeza de sus abuelos durante el Blitz? De aquellos tiempos es la consigna de “keep calm and carry on”, mantenerse en calma y seguir. Nadie quiere ponerla a prueba pero tengo la certeza de que así se cumpliría de llegar el caso.

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1 comentario

  1. Blade runner

     /  julio 23, 2012

    No se puede descartar que haya algún atentado en Londres porque es una ciudad muy grande. Simplemente la policía y el ejército no pueden estar en todas partes pero por lo que leo y escucho el nivel de seguridad es muy alto, lo que hará muy difícil que los terroristas tengan éxito.

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