El Papa en Cuba: entre la discordia y la reconciliación

La visita que Benedicto XVI se dispone hacer a Cuba está inmersa en una controversia política, como pocas en los casi siete años de su pontificado. Si bien sus viajes anteriores no han estado exentos de críticas, protestas y hasta amenazas, esta vez el Papa se ha visto convertido en una suerte de manzana de la discordia entre nosotros los cubanos.

Algunos de nuestros disidentes quieren que el Obispo de Roma los reciba y escuche sus justificadas quejas sobre la falta de libertades y la represión de quienes las reclaman. Los gobernantes, por su parte, ya advirtieron a través de su embajador ante el Vaticano que una reunión del Papa con los opositores no será de su agrado. Lo más probable es que este encuentro nunca tenga lugar. Según el portavoz de la Santa Sede, Federico Lombardi, no hay espacio para él en la agenda del Pontífice. Para alterar más ciertos ánimos, es posible que el Papa se reúna con el ex presidente Fidel Castro.

Que una visita que debería ser estrictamente religiosa haya adquirido tan acentuado cariz político era inevitable en las condiciones de Cuba. Se debe también en gran medida al polémico papel que ha asumido la jerarquía católica cubana en los últimos años.

En todo caso, recibir o no a una representación de la oposición es solo parte del dilema del Papa en Cuba. Por un lado debe estar satisfecho con los avances de la Iglesia cubana desde la visita de su predecesor Juan Pablo II en 1998. Pero también debe preocuparle, como hombre bien informado, las sospechas de que el cardenal Jaime Ortega coopera más de lo necesario con el gobierno.

Benedicto XVI sabe que las concesiones de ese Estado que fue hostil durante décadas, aunque más que bienvenidas, no son gratuitas. Los Castros no han ido a Canosa, ni tienen la intención de hacerlo. A cambio de un seminario, procesiones, más sacerdotes y monjas extranjeros y vía libre a la obra social de la Iglesia, esperan granjearse una buena imagen internacional y que la jerarquía católica se abstenga de censurar su gobierno. Es un arreglo que conlleva ganancias pero también riesgos para el prestigio de la institución que dirige.

Como solución a nuestras diferencias el Papa nos propondrá el camino de la reconciliación: ningún mensaje es más relevante y urgente en el año en que conmemoramos cuatro siglos del hallazgo de la imagen de la Virgen de la Caridad, patrona de Cuba. No escucharlo será suicida porque esta es sin duda la vía más sensata para salir del atolladero en que nos encontramos como nación. Lamentablemente los arrestos y el hostigamiento de Damas de Blanco y otros disidentes en los últimos días no son un buen augurio. El milagro de abrirnos a nosotros mismos, si alguna vez sucede, está todavía lejos.

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