Dilma y los derechos humanos


Dilma Roussef entró como una suerte de enigma en el Palacio de Planalto el primero de enero de 2011. La pregunta que muchos se hacían entonces era ¿cuán diferente sería como presidenta de su antecesor y padrino político Luiz Inácio da Silva en la arena internacional? Hoy, a trece meses de gestión, si hay algo que la distingue de Lula es su alejamiento de Irán, sobre todo por las violaciones de los derechos humanos en aquel país. Sin embargo, su sensibilidad en este aspecto tiene límites, como se evidenció en su reciente viaje a Cuba.

Consciente de la polémica que esperaba a la Roussef, su canciller, Antonio de Aguiar Patriota, señaló antes de la visita que la situación de los derechos humanos en Cuba no es urgente. Con el escenario preparado, la mandataria hizo al llegar a La Habana unas declaraciones en las que evitó referirse al caso cubano. En su lugar, Dilma manifestó que el tema debe verse desde una perspectiva multilateral y añadió que ningún país del mundo está libre de culpa. Y recurrió a la metáfora: “el que tira la primera piedra, tiene techo de vidrio”.

El cuidado de la presidenta en no aludir a Cuba contrastó con su mención de Estados Unidos y de su base naval en Guantánamo. El diario brasileño O Estado de Sao Paulo lo juzga como una torpeza. Según este influyente medio de prensa, Dilma no lanzó una piedra pero sí un torpedo contra los norteamericanos. Desacierto verbal o no, las palabras de Roussef no deben juzgarse a la ligera: ellas reflejan la posición de un país que por su economía hoy emerge como una potencia regional.

Era iluso esperar que Dilma se reuniera con los disidentes cubanos o que incluso se solidarizara de lejos con ellos, aunque fuera enfatizando su compromiso con el respeto de los derechos humanos en todo el mundo. El guiño que esperaba la bloguera Yoani Sánchez fue en otra dirección, a los gobernantes de Cuba. La presidenta brasileña simplemente se hizo eco de los argumentos del gobierno de los Castros que, ante las críticas por la falta de libertades en Cuba, responde con contracusaciones sobre los problemas de derechos humanos en otros países.

La filiación política de Dilma es determinante en su actitud hacia Cuba. El gobernante Partido de los Trabajadores, el PT, nunca ha escondido su cercanía con el gobierno cubano. En lo que atañe a la Isla, la izquierda latinoamericana de la que el PT es parte, no puede ver más allá del diferendo con Estados Unidos. Añádase que la presidenta no parece contar en su entorno con alguien que le ayude a despojar el asunto de su carga ideológica, al contrario. La Secretaria de Derechos Humanos, Maria do Rosário, una ex militante del Partido Comunista, habría declarado que el problema de Cuba es el embargo norteamericano.

Dilma tuvo también un poderoso motivo para no decir nada que molestara a sus anfitriones: fue a hacer negocios. Las empresas brasileñas, en expansión por el mundo, ven a Cuba como un potencial generador de ganancias. Lo refleja el hecho de que el comercio entre los dos países va en aumento.

La presidenta de Brasil sentenció en La Habana que los derechos humanos no deben convertirse en una arma de combate político-ideológico. ¿Habrá alguien que le diga que tampoco deberían ser sacrificados por prejuicios ideológicos o intereses comerciales?

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