En un campo de muerte del jemer rojo

Los carteles publicitarios pueblan la carretera que va de Phnom Penh a Choeung Ek. Anuncian bebidas, cigarrillos, candidatos a puestos públicos. Tiendas, mercados, cafés, pagodas pasan en sucesión frente a la ventanilla del taxi que se mueve en un tráfico sin tregua, asiático. Trato de aliviar mi ansiedad por lo que voy a ver. Pienso en la Camboya de hoy, tan diferente de la que querían construir Pol Pot y su banda de asesinos. Tarde o temprano el mal pierde, me digo. Miro a los niños y jóvenes para los que los campos de exterminio del jemer rojo son, si acaso, un horror de una era lejana aunque solo fue hace 32 años.

La inquietud, que nunca me dejó, se hace más perceptible a medida que nos acercamos. El auto vira hacia la antigua huerta y cementerio de la comunidad china convertido en matadero, en un Seol. Pienso en las decenas de miles de seres humanos, dicen que diecisiete mil, que condujeron por aquí a una muerte horrible. Los restos de algunos de ellos, calaveras y tibias, descansan como reliquias en esa estupa que ya se divisa.

Descalzos, como se nos pide, damos la vuelta a la estupa. Intento una oración en silencio que mal sale. ¿Paz? La muerte aquí es dueña. Flota perenne sobre ese terreno del que salen todavía huesos y jirones de ropa de las víctimas. El árbol en el que, según dicen, destrozaban los cráneos de los niños todavía se alza allí. Caminamos entre las tumbas colectivas evitando pisar todo lo que nos pareciera haber sido parte de un ser humano.

Dejamos Choeung Ek después de casi dos horas para hacer el camino inverso de los condenados. Nos dirigimos a la antigua cárcel S 21, hoy Museo del Genocidio Tuol Sleng, una escuela secundaria convertida en centro de tortura y antesala del infierno de Choeung Ek.

En las antiguas aulas se exhiben las herramientas de tormento y fotos de los que iban a morir, tomadas por los verdugos. Son miradas de espanto y resignación. Algunas son, incluso, desafiantes. Una en especial me conmueve, la de una mujer con una bebé en brazos. Era al parecer la esposa de un funcionario que cayó en desgracia. La imagen viene con una fecha, 14 de mayo de 1978. Pienso en la muerte de la madre y su hija en el campo de exterminio que acabamos de visitar. La niña de haber vivido tendría hoy la edad de mi compañero.

La justicia ha demorado demasiado para los casi dos millones de muertos. Los vietnamitas pusieron fin a la barbarie en 1979 pero desde entonces solo uno de los responsables, Kaing Guek Eav, ha sido condenado por sus crímenes. Eav, conocido como Camarada Duch y quien era el director de la prisión S 21, cumple una pena de 35 años de cárcel, reducida a 19 años.

El juicio de otros tres comenzó hoy. Son el repulsivo Nuon Chea alias Hermano Número Dos, el ex jefe de estado de la llamada Kampuchea Democrática, Khieu Samphan y su ministro de Relaciones Exteriores, Ieng Sary. Se les acusa de genocidio y crímenes contra la humanidad. Sin embargo, cualquier castigo que se imponga a estos octogenarios, nada arrepentidos al parecer, será casi simbólico: por su edad nunca llegarán a purgar del todo sus condenas.

La justicia nunca estará completa. Pol Pot, quien ideó y presidió aquella sangrienta utopía comunista, murió en 1998 sin haberse sentado ante un tribunal. Es poco probable que los miles o decenas de miles de camboyanos que mataron o torturaron siguiendo sus órdenes tampoco vayan a juicio.


En Choeung Ek





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2 comentarios

  1. Javier

     /  noviembre 22, 2011

    Sobrecogedor… Un ejemplo más de la barbarie que se produjo en un país comunista liderado por un dictador.

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  2. Desgarrador…Recuerdo cuando estuvimos juntos en Buchenwald.El genocidio como medio para mantener una política injusta y violenta ya sea de derecha o de izquierda no tiene justificación.Desgraciadamente muchos de los culpables logran escapar de la justicia muriéndose o envegeciendo…Dios o el diablo se las cobrará.De seguro!

    Responder

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