Yuri Gagarin, un hombre con suerte


De vivir, Yuri Gagarin se habría sentido con razón en el pináculo de la fama en la nueva Rusia; el robusto muchacho de Klushino, primer hombre que viajó al espacio, habría sido el centro natural de las celebraciones por el cincuentenario de la hazaña que se cumplió esta semana. Tendría 77 años.

El 12 de abril de 1961, Gagarin, encerrado en traje y escafandra, subió a la nave espacial Vostok en nombre de la Unión Soviética para lo que en aquel momento era una aventura de final tan incierto como el primer viaje de Colón.

Para alivio suyo, de su familia y del Kremlin, que buscaba un potosí de propaganda política, todo salió bien: el joven coronel de la fuerza área regresó exultante tarareando una tonada patriótica con música de Shostakóvich después de orbitar la Tierra durante más de una hora y 30 minutos.

La Unión Soviética rezumaba euforia. No era para menos. Dejaba atrás a Estados Unidos, su archienemigo de la Guerra Fría, en la carrera espacial. Nikita Kruschov, a la sazón Primer Secretario del Partido Comunista y por ende gobernante, podía demostrar al mundo que el comunismo era el futuro.

Sin lugar a dudas, Fidel Castro debió considerar la proeza de Gagarin como una demostración de la superioridad del sistema que él quería implantar en Cuba. Pocos días después, el 16 de abril, en víspera de la desastrosa invasión de Bahía de Cochinos, Castro proclamaba a su revolución como socialista.

Gagarin fue a Cuba ese mismo año, a tiempo para la celebración del 26 de julio. El primer cosmonauta era el mejor embajador que la Unión Soviética habría podido encontrar: joven, apuesto, atlético, simpático, con una sonrisa de actor de cine, tan diferente del calvo Nikita y el bigotudo Anastas Mikoyan.

Fidel le dio un apoteósico recibimiento y lo paseó por la isla. En las fotos se ve orondo al entonces primer ministro y siempre líder máximo con nuevos e importantes amigos en Moscú. Gagarin los representaba y se merecía honores y loores.

Yo era demasiado pequeño para recordarlo. Sin embargo, de niño y muchos años después de que Gagarin estuviera en Cuba, le oí cantar a unos muchachitos:

“Ay Yuri, Yuri, Yuri, Yuri Gagarín
que yo me voy con Yuri montado en un patín”

Debe haber sido una tonadilla aprendida en un campamento de pioneros. No me consta que hubiera una intención de implantar a este héroe socialista en el cancionero infantil cubano, que habría tenido a Gagarin junto a Mambrú. De cualquier manera, el paso de Gagarin por él debe haber sido muy efímero. Hoy no quedan ni uno ni el otro. Por cierto, ¿qué cantarán ahora los niños en Cuba?

Como era de esperar, la oficialidad cubana le rindió tributo cuando falleció en un accidente de aviación, a los 34 años. Nicolás Guillén le compuso uno de sus poemas de ocasión. Poco imaginativo, lo tituló Balada por la muerte de Gagarin.

Miradlo a Gagarin fuerte
Su vida
no es una rosa sumergida
ni en lodo y musgo se convierte.
En el fragor de la caída
nadie oyó el agua de la muerte.

El mundo llora. Mas ¿por que? La vida
del héroe está en un astro suspendida.
¡Oh mundo! El puede verte
y brindarte una rama florecida.
El el fragor de la caida
nadie oyó el viento de la muerte.

Su rostro se detuvo, yace inerte,
mas su gran voz resuena repartida
de vida en vida y vida en vida.

Miradlo a Gagarin fuerte.
En el fragor de la caída
nadie oyó el trueno de la muerte.

Partió en un vuelo sin medida.
Su luz azul la noche vierte
Y cada estrella está encendida.
Miradlo a Gagarin fuerte.
En el fragor de la caída
pasó y sonrió sobre la muerte.

Unos malos versos. Ya se sabe que pocas veces salen bien los poemas de encargo o de obligación política.

¿El mérito de Gagarin? Uno relativo, el de exponerse al peligro. Mayor valía tienen los científicos que hicieron posible su viaje extraordinario y que antes habían sido los artífices del primer satélite, el Sputnik y de otros logros del programa espacial soviético: Serguéi Koriólov, Vladímir Chelomei y Mijaíl Yangel, entre otros.

Despojado del interés propagandístico de un país que ya no existe, Gagarin todavía despierta admiración. El es el hombre común al que encargan protagonizar un lance inédito y sobrevive. Eso que llaman un hombre con suerte.

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