Condenado por “sionista” (a propósito de las declaraciones de Fidel Castro a Jeff Goldberg)

Fidel Castro invitó a Jeffrey Goldberg a La Habana para hablar de su última obsesión, una guerra nuclear que aniquilará a medio planeta. Durante el rendez-vous le dio al periodista y escritor estadounidense dos noticias para su diario The Atlantic que le han dado la vuelta al mundo: que el modelo cubano no funciona y que está en desacuerdo con el presidente de Irán Mahmud Ahmadinejad por negar el Holocausto judío.

Lo primero, en lugar de sincero reconocimiento de la catástrofe económica en que se encuentra Cuba, terminó siendo un colosal lapsus linguae que revela que el mayor de los Castro ya no tiene toda la claridad mental de antes, aunque él y sus admiradores quieran aparentar lo contrario.

Como muchos otros cubanos, he perdido la capacidad de sorprenderme con lo que dice el ex presidente. Durante sus más de cincuenta años en el poder, Castro ha acumulado un historial de contradicciones para las que siempre tiene una justificación. Sus recientes declaraciones de simpatías por los judíos y por el derecho de Israel a existir entran en esa categoría.

Durante años, el estado de Israel ha sido objeto de constante vilipendio en la prensa cubana. Granma y Juventud Rebelde se refieren a Israel como la “entidad sionista” culpable de los más horrendos crímenes. A su vez, los atentados contra civiles israelíes por parte de organizaciones terroristas palestinas nunca reciben igual condena. La impresión es que la violencia está de cierto modo justificada por la llamada ocupación israelí.

La escuela cubana tampoco le hace justicia a la persecución de los judíos de la que habla Fidel. En las clases de historia contemporánea que recibí, el Holocausto fue sólo una mención casi de paso mientras que el estado de Israel aparecía como agresor y gendarme de Estados Unidos en el Medio Oriente.

La aversión a Israel me tocó de cerca en mis años en la Universidad de La Habana al final de la década de los setenta y comienzos de los ochenta. En la residencia estudiantil del Vedado conviví con varios estudiantes palestinos que, como yo, cursaban estudios en la Facultad de Filología. En varias ocasiones intercambiamos puntos de vista sobre el conflicto del Medio Oriente. Por sinceridad o ingenuidad les hice saber que en mi opinión Israel tenía tanto derecho a existir como los propios palestinos. No tardó mucho tiempo para que estos jóvenes, militantes del Frente Democrático y del Frente Popular de Palestina, me denunciaran por “sionista” a la Juventud Comunista cubana, ese refugio de mediocres y aprovechados. La gravísima falta no era sólo expresarme a favor de la existencia de Israel sino algo tan nimio como llevar una camiseta con la imagen de un menorá, el candelabro judío de siete brazos que data de los tiempos más antiguos de la religión hebrea.Por entonces me interesaba en el judaísmo y asistía con regularidad a la sinagoga.

La denuncia condujo a una especie de juicio en la residencia estudiantil organizado por la Juventud Comunista y presidido por la decana de la Facultad de Filología, Lázara Peñones. No era yo el único sometido a este auto de fe. Por esa época, a comienzos de 1980, Fidel Castro había lanzado una de sus tantas ofensivas ideológicas; esta tenía el lema de “la universidad es para los revolucionarios”. Había que purgar los centros de estudios de todos aquellos que se apartaban demasiado de los dogmas oficiales. Eran tiempos en que Castro estaba preocupado con los crecientes contactos de la población con la comunidad cubana en el exterior a la que se le permitía visitar el país desde hacía unos años. El temor del Máximo Líder era que con los jeans y las grabadoras llegaran también ideas que tarde o temprano condujeran a un cuestionamiento de su gobierno. En mi caso era culpable por partida doble. No sólo era portador de una peligrosa desviación ideológica, la de creer y expresar que Israel tenía derecho a existir. Entre mis faltas estaba también vestir ropas extranjeras, que en el absurdo de la Cuba de entonces era un delito de “ostentación”.

Mi juicio fue rápido. Se leyeron las acusaciones en mi contra, a las que respondí. En cuanto al conflicto en el Medio Oriente, insistí en que estaba por la paz entre Israel y los palestinos, algo que al parecer no era lo que querían escuchar la Decana y su compañía. Una de las pocas cosas que dijo la licenciada Peñones era que no se podía ser “pacifista a ultranza”. La Juventud Comunista propuso expulsarme de la residencia. En el mejor ejemplo de procesos estalinistas se votó la propuesta a mano alzada. Todos mis compañeros de piso votaron a favor aunque dos o tres me pidieron comprensión más tarde. Otros evitaron dirigirme la palabra desde ese día. La decisión de expulsarme de la residencia tenía el objetivo de que al ser un becario procedente del interior de la isla y con las escasas posibilidades de encontrar alojamiento en La Habana tuviera que abandonar mi carrera.

Días después, esta vez en la sede de la Facultad de Filología, tres profesoras me sometieron a un riguroso escrutinio ideológico. El proceso no condujo a una expulsión formal de la universidad. Me permitieron continuar mi beca pero por deferencia hacia los palestinos me enviaron a otra residencia estudiantil. Poco después de llegar a ella, apareció en una de las puertas un enorme cartel de una de las organizaciones donde militaban mis denunciantes, en el que se destacaba una serpiente entrelazada con la estrella de David. Una provocación, sin duda.

¿Quién permitió que estos fanáticos sentaran pie en Cuba y se les educara en nuestras universidades? ¿Quién dio luz verde a aquella farsa por el delito de defender a Israel?

Paradójicamente es el mismo anciano que hoy deplora la persecución de los judíos.

Al cabo de los años pienso en aquel sambenito de sionista que me colocaron dos o tres estudiantes palestinos y aceptaron los jóvenes comunistas de la Universidad de La Habana con los que por desgracia me tocó convivir: si sionista es apoyar la existencia de un estado que es una solución a tantas injusticias históricas y que además es un modelo de democracia en el Medio Oriente, lo soy y a mucha honra. Por sus declaraciones a Goldberg, hasta el mismo ex presidente de Cuba lo fuera ahora si lo juzgaran con el mismo criterio con que me juzgaron en 1980.

(Este artículo es una colaboración para Semanario Hebreo)

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5 comentarios

  1. Todavía recuerdo aquellos turbios días y la injusticia no sólo contigo.Recuerdo también el caso de Lázaro Miranda de Historia del arte y Raymundo por defenderle…Cuántos fueron juzgados injustamente!!!Para que ahora este viejo demente se contradiga y justifique lo injustificable.Pobrecito nuestro paisito!!!La tragedia que ha tenido que vivir con un titiritero que desde hace ya 51 años domina el destino a su antojo y desgraciadamente nunca para el beneficio de los cubanos honestos!A Dios gracias,tu has sido como el galletón todos estos desmadrados…pese a todos los obstáculos lograste una buena plaza en la BBC donde tenías un nombre de la que tu mamá se enorgullecía y te tenía todos los días cerca en nuestro lejano Cueto.Un abrazo.

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  2. Anónimo

     /  septiembre 28, 2010

    Gracias por compartir tu experiencia. El presidente y el primer ministro de Israel deberían informarse mejor antes de alabar a Fidel Castro.

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  3. Luis Eduardo Márquez

     /  septiembre 28, 2010

    Con su reciente condena al antisemitismo, Fidel Castro busca generar simpatías entre los congresistas judío-americanos al levantamiento de sanciones económicas de Estados Unidos a Cuba. Eso es lo que hay detrás de esas declaraciones a Goldberg.

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  4. Francisco

     /  octubre 17, 2010

    Todo comentario que salga de la boca de la Bestia de Birán tiene un objetivo, y en este caso es justamente lo que ha expresado mi antecesor: generar simpatías entre los congresistas judío-americanos al levantamiento de sanciones económicas de Estados Unidos a Cuba. Es el mismo camaleón perverso de siempre; mentir y manipular es lo que mejor sabe hacer, son 51 años ya en lo mismo.
    Gracias, Fernan, por compartir tu experiencia. Muy buen artículo!

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  5. Sé que lo narrado en el inicio ya pasó hace tiempo pero no puedo contenerme y decir que ese viejo está chocho o está loco, que viene a ser lo mismo. ¿Cómo puede decir que el no quiso decir que el modelo cubano no funciona, que lo intepretaron mal? Y lo peor de todo es que esa es la única verdad que esa lengua senil haya dicho en su vida

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