¿Qué le pasa a Václav Klaus?

Por unas horas, el presidente de la República Checa mantuvo en vilo a la Unión Europea. Finalmente y sin mucha prisa, puso su firma en el Tratado de Lisboa después de que la Corte Constitucional de su país dictaminara que el acuerdo no contradice las leyes nacionales. Su rúbrica, la única que faltaba, despeja así el camino para la puesta en vigor del Tratado, que regirá el funcionamiento del bloque europeo.

Václav Klaus, el hombre que hizo esperar a medio continente, es hoy por hoy el paladín de los euroescépticos, de los que ven en la Unión Europea más mal que bien. Este economista de profesión es líder del derechista Partido Cívico Democrático y desde 2003 es el sucesor de ese otro Václav, genial él, Václav Havel, primer presidente de los checos (y en su momento también de los eslovacos) después de la caída del oprobioso régimen comunista. Klaus tiene una larga experiencia en los timones de la política: fue primer ministro varios meses en 1992 y entre 1993 y 1997.

Con tanto hacerse de rogar para firmar el Tratado de Lisboa se ganó una imagen de impertinente, de prima donna que se acomoda a su antojo antes de dar el sí. ¿Qué exactamente es lo que quería, o no quería, Václav Klaus?

La reticencia de Klaus puede resumirse en que, para él, el Tratado lesiona la soberanía checa. En su opinión, su pequeño país corre el riesgo de verse engullido por ese gran monstruo europeo que es una amenaza tan grande como lo fue la Unión Soviética.

Es así que el presidente checo considera que la Unión Europea debería abolirse. Su lugar lo podría ocupar una Organización de Estados Europeos, una gigantesca área de libre comercio. Al menos eso fue lo que dijo hace cuatro años. Klaus no está sólo en esos trece. Hay muchos euroescépticos – y este país, Gran Bretaña, está lleno de ellos – que piensan de la misma forma. La opinión de Klaus sobre la Unión Europea se resume en que es simple y llanamente una “entidad fracasada y en bancarrota”, como dijo a unos políticos estadounidenses que lo visitaron en 2005.

La actitud de oveja díscola de Klaus, de esas que se empecinan a no entrar en el redil, no era terco obstinamiento. Para ser justos, el hombre tiene algo de razón. Es cierto que los grandes de la Unión – Francia y Alemania – siguen llevando la voz cantante. Por regla general, lo que quieren París y Berlín más tarde o más temprano se impone. Sin embargo, no era sólo cuestión de principios. La firmeza o aparente inflexibilidad de Klaus tenía un objetivo muy inmediato. Al pararse en treinta y una, el presidente logró que la Unión Europea le concediera a Chequia el derecho a no cumplir con la carta de derechos humanos que entran en vigor con el Tratado. Así no habrá que indemnizar a los alemanes que perdieron sus propiedades en territorio checo al final de la Segunda Guerra Mundial.

Klaus puede quedar como el presidente de un pequeño país que se hizo escuchar, con razón, o como un político de visión estrecha que no vio los intereses nacionales mejor servidos en una Unión Europea más coherente. Aunque creo que es lo último, ya se sabe cuán impredecibles y variables son los juicios de la historia.

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