El problema que es Mohamed

Binyam Mohamed
Binyam Mohamed, ex preso del centro de detención de Guantánamo, se ha convertido en un dolor de cabeza para el gobierno de Gran Bretaña. Era predecible. Este etíope musulmán regresó al país en el que fijó residencia en 1994, decidido a acusar a las autoridades británicas de complicidad en las torturas que según dice recibió en Pakistán y Marruecos por sus supuestos vínculos con grupos extremistas islámicos. Sobre él he escrito otras tres veces en este blog (Las tribulaciones de Mohamed, La saga de Mohamed y Binyam Mohamed: yo acuso).

La semana pasada, la recién instalada Corte Suprema del Reino Unido dictaminó que el Ministro de Relaciones Exteriores, David Milliband, debe permitir que se hagan públicas las pruebas sobre lo que el gobierno británico sabía del tratamiento a Mohamed en una cárcel secreta de Pakistán. Los dos jueces del máximo tribunal que examinaron el caso rechazaron el argumento de que revelar estas pruebas pondría en peligro la seguridad nacional y la colaboración de Estados Unidos en materia de inteligencia.

La evidencia en cuestión es un documento de siete párrafos que resume lo que la CIA informó a funcionarios británicos sobre Mohamed, antes de que este fuera interrogado por un agente del MI5, el servicio de inteligencia de Gran Bretaña, en 2002.

Decir que el gobierno británico está en una posición difícil es lo que en inglés se llama un understatement, algo así como no expresar del todo la seriedad de la situación, “quedarse corto” para decirlo en un término coloquial. Si fracasa su apelación del dictamen del Tribunal Supremo, deberá publicar el documento lo que podría afectar la colaboración de los servicios de inteligencia británicos con la CIA, que ya advirtió en contra de que se revele el informe sobre Mohamed. En estos tiempos en que la amenaza del terrorismo sigue latente, poner en peligro la cooperación con la CIA y con otros servicios de inteligencia no tiene sentido.

Ese sin embargo no es el mayor problema para el gobierno. Si los abogados de Mohamed logran probar que hubo complicidad en sus supuestas torturas, el caso no quedaría solo en el oficial del MI5 que entrevistó al joven etíope en Pakistán, sobre quien ya se abrió una investigación. Quizás con esa posibilidad en mente, el director del MI5, Jonathan Evans, dijo la semana pasada que ese servicio de inteligencia “ni tortura, ni es cómplice de tortura ni solicita a otros que torturen”.

Mientras tanto, en la calle no parece haber muchas simpatías por Mohamed a juzgar por algunos de los comentarios que se leen en la prensa popular: “pónganlo en un avión de regreso a Etiopía”, “¿por qué nos molestamos por un hombre que no es ni siquiera ciudadano británico?” y “¿cuando el Talibán tortura a sus prisioneros, a quién hay que quejarse?”

Sin embargo, más que criticar, hay que aplaudir que haya un proceso legal para atender los reclamos de un extranjero, que en un momento combatió o se dispuso a combatir un sistema a cuya justicia hoy se acoge. Esta es ya una victoria moral contra la aberración del terrorismo.

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