Solidaridad

La primera vez que escuché la palabra solidaridad fue en mi temprana infancia. En Cuba se había hecho costumbre que el gobierno le diera nombre al año, como para sentar la pauta de la vida nacional. Así 1966 devino el “año de la solidaridad”. Ese vocablo tan polisílabo nos costó trabajo al principio a los alumnos de primaria que debíamos añadir en la segunda línea de nuestros cuadernos, bajo la fecha, el apelativo del ciclo de doce meses.
Crecí pensando que solidaridad tenía una carga política y que era del uso casi exclusivo de la izquierda. Era el lema y el tema: solidaridad con los pueblos que luchan por su independencia, solidaridad con los oprimidos, solidaridad con…Fue la época en que Cuba se involucró más en la ayuda a los movimientos guerrilleros y causas afines a la ideología marxista en América Latina y en otras partes del mundo.
Años después, los trabajadores del astillero de Gdansk, en la lejana Polonia, demostraron que la palabra no tenía dueño al exigir sus derechos a un impopular régimen marxista. El nombre que adoptaron, Solidaridad, Solidarność, se convirtió en sinónimo de cambio en el anquilosado este de Europa. 
La palabra solidaridad tiene así la curiosa capacidad de sintetizar fases del tiempo que me ha tocado vivir. Hoy, su presencia en el discurso político, con sus usos y abusos, sigue siendo inevitable porque sobran motivos para invocarla: la injusticia, la pobreza, las enfermedades, las catástrofes. Por supuesto, tantos llamados han conducido a una desvalorización del vocablo que urge rescatar, con hechos. Hacer superará siempre a decir.
Las circunstancias hacen que a veces sólo podamos expresar una adhesión verbal a una causa. Sucedió durante las protestas de manifestantes en Irán en una de las cuales, una mujer joven, Neda, perdió la vida. Sucede cuando vemos que siguen privados de su libertad quienes desean cambios pacíficos en sus sociedades como Oscar Elías Biscet y Regis Iglesias en Cuba, Aung San Suu Kyi en Birmania o Shi Tao en China.
Hay sin embargo, otra solidaridad que es más que simpatía y que puede materializarse de forma más o menos inmediata. No tenemos que buscar mucho a nuestro alrededor. Es esa que implica para muchos de nosotros un mandato:
“…Porque tuve hambre y me diste de comer; tuve sed y me diste de beber; era forastero y me acogiste; estaba desnudo y me vestiste; estaba enfermo y me visitaste…”

Esa solidaridad que es hacer por otros significa hacer por nosotros mismos porque en definitiva somos piezas de un único engranaje.

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