Apuntes de un viaje a China


El camino a Pekín comienza a ser tan imprescindible como el que lleva a París o Nueva York. Por eso no tuve que justificarme un pasaje de ida a vuelta a China. Este es un viaje que sigue siendo tan memorable hoy como aquel que en el siglo XIII inspiró ese libro de las maravillas que es Il Milione de Marco Polo. Estas son algunas de muchas impresiones.

Los ocho mil empolvados guerreros de terracota, que no pudo ver el mercader de Venecia en su visita a la mítica Catay, son un ejército de fantasmas prestos al combate. Hay algo de mancilla en nuestra mirada curiosa de turista cámara en mano. En definitiva, aquella fue tierra sagrada, mausoleo del primer emperador Qin Shi Huang. Un aura de misterio cubre a esta legión de caballeros en su misión de proteger el espíritu de su monarca desde hace 2230 años.

Siete campesinos los descubrieron en marzo de 1974. Uno de ellos es Yang Quanyi, de 79 años, quien nos firmó y estampó un libro en inglés sobre este “tesoro de la nación”. El anciano se gana un poco más de tres dólares diarios por trazar los caracteres de su firma. A él y a sus compañeros que en busca de agua encontraron los guerreros, no les fue tan bien como a decenas de funcionarios y empresarios que se enriquecieron con el hallazgo. Uno de los descubridores se suicidó en 1997 y otros dos murieron en la pobreza. Quanyi ni siquiera sabía escribir su nombre. Aprenderlo le tomó tres meses.

Xi’an, entrada y salida para ver los guerreros, es una ciudad nada desdeñable, con amplias murallas por encima de las cuales se hace travesía sobre cuatro ruedas si es preciso. Tráfico brutal como puede haberlo en China. Poco sin embargo prepara para Shanghai que es paradigma de futuro con esos rascacielos como la Torre de Jin Mao.

Shanghai puede ser una fiesta. La vida nocturna no tiene nada que envidiar a cualquier metrópoli occidental. Hay opulencia, mucha, en esta ciudad mamut.

En su principal arteria comercial, hay un constante río de gente siempre en marea alta; y en medio del ir y venir una que otra propuesta de comercio carnal con prostitutas a las que anuncian proxenetas. Uno de ellos, es una vieja que parece haber salido de los burdeles de antes de 1949.

Este es un país de enormes contrastes. La modernidad de Pudong, el barrio de los rascacielos al otro lado del río Yangtzé, desentona con los malos hábitos de higiene de una buena parte población que siembra de escupitajos el pavimento. Una campaña para combatirlos se ha extendido a otras ciudades pero dudo que algo cambie si no viene por hogares y escuelas.

Si hay algo desagradable en China es el escuchar, a hombres sobre todo, esgarrar con un ruido que da escalofríos. A los occidentales, eso es.

De regreso en Pekín, vamos a la Gran Muralla evitando las hordas de turistas que la inundan como moscas.

Cuando llegamos a Mutianyu en el funicular, notamos que un grupo de mujeres subían las montañas con bolsas. Tiempo y esfuerzo para ganarse el pan.

Son vendedoras de souvenirs que cazan a los turistas recién llegados. Se agrupan de acuerdo al número de sus posibles clientes, a los que no pierden ni pie ni pisada.

Decidido ante el asedio, les prometí con palabra y gesto a dos de estas mujeres que les compraría algo. Ellas inseguras, aceptaron esperar. Sabían que tenía que regresar por el lugar donde estaban.

Por la cara de la más joven, que hasta me aplaudió, hicieron un buen negocio, poco menos de 20 dólares. Quién sabe de eso cuanto les corresponde.

En Pekín no hay falta de edificios de valía. Dejemos a un lado la Ciudad Prohibida, el Templo del Cielo y el Palacio de Verano que están en una categoría aparte. Estuvieron en el centro del poder y ese fue el motivo por el que han llegado casi intactos hasta nuestros días. El milagro es que la catedral católica de San José todavía esté en pie.

La iglesia, que se encuentra en el barrio moderno de Wangfujing, sobrevivió a un terremoto, un incendio y la destrucción durante la rebelión xenófoba de los boxers en 1900. No se explica como no fue blanco de la Revolución Cultural, que por cierto es una pesadilla cada vez más lejana. Qué distintos los jóvenes de hoy a aquellos que agitaban con fervor el libro rojo de Mao. No muy lejos del templo, los muchachos a la última moda que salen de las tiendas y restaurantes de la zona son un ejemplo del triunfo del capitalismo en la tierra del Gran Timonel.

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