Brüno


La película Brüno, del actor cómico británico Sacha Baron Cohen, se acaba de estrenar en Londres.

El largometraje aborda las peripecias de un reportero gay austríaco, que une perfectamente amaneramiento y ridículo. Es precisamente ahí donde pretende comenzar su comicidad.

Para quienes no conocen la forma de trabajo de Baron Cohen, debo explicar que el actor intenta exponer prejuicios y otras faltas humanas a través de sus estereotipados personajes que interactúan con gente de la vida real.

Aunque fui al cine con poquísimas expectativas, hay algo que redime esta nueva creación de Baron Cohen a pesar de que la historia puede resultar demasiado forzada y caricaturesca, sobre todo cuando es mera ficción.

Hacer reir no es el mejor parámetro para medir el éxito de esta película.

Su mérito es exponer la ignorancia y la estupidez.

Como espectador uno se olvida los métodos que el cómico y sus productores utilizan para atraer a incautos como el predicador evangélico estadounidense que se propone “curar” homosexuales y quien se revela como un soberano idiota.

El filme tiene pasajes deliciosos como aquel en que Brüno, en su desesperación por la fama, asiste a un talk show de televisión en Estados Unidos, país donde transcurren la mayor parte de sus aventuras.

Ante un público integrado casi en su totalidad por afroamericanos, que creen participar en un programa real, el personaje Brüno se presenta como padre soltero que ha adoptado un niño negro. La adopción, según les dice, fue producto de un trueque por una iPod.

Lo risible es la reacción de esta gente, tan habituada ya a tanta sordidez, que cree estar ante el infame abuso de un menor.

Sin embargo, lo mejor es la presentación de un Brüno reformado, todo un heterosexual extremo de vestimenta y palabra, ante una multitud de rednecks en un certamen de lucha en Arkansas.

No quiero contar la película a quienes se proponen verla. Sólo debo señalar que la escena, una de las más logradas, requiere de un enorme grado de valentía.

Tal vez algunos dirán que Baron Cohen es, más que valiente, temerario. Para ser justos, este cómico londinense, nacido en una familia de judíos ortodoxos, es un poco de los dos.

A pesar de que hace reir, o al menos sonreir, al público, hay situaciones en las que el actor no logra sacar ni siquiera un mínimo de hilaridad.

Una de ellas es durante lo que al parecer es un “debate” entre personalidades israelíes y palestinas con Brüno como moderador.

Tampoco consigue mucho Baron Cohen del encuentro con Ayman Abu Aita, integrante del grupo armado palestino Brigadas de los Mártires de Al Aqsa, a quien dice que Osama Bin Laden parece un mago sucio o un Santa Claus sin casa.

Brüno no tiene sus mejores momentos en el Medio Oriente, ni en Milán, donde casi arruina un desfile de moda de la diseñadora española Agatha Ruiz de la Prada.

Una vez más, como en Borat, la anterior película de Baron Cohen, lo divertido está en la estulticia de algunos personajes de carne y hueso de Hollywood y el sur de Estados Unidos.

No parece difícil que le cueste mucho encontrar tanto material para sus comedias en ese país.

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