En recuerdo del 7/7

Las víctimas de los atentados del 7 de julio de 2005 en Londres tienen a partir de hoy un memorial en Hyde Park, uno de los espacios abiertos de esparcimiento más concurridos de esta capital.

Son 52 varas de acero inoxidable que representan a los muertos. Sus nombres están en una placa aledaña.

Muchos de quienes vivimos el caos y la incertidumbre que se apoderó de Londres ese día podemos considerarnos favorecidos, por la mano divina o la suerte, al no estar entre los que injustamente perdieron la vida.

Yo, por ejemplo, que habitualmente viajaba en el vagón del tren de metro de la línea Piccadilly donde uno de los terroristas hizo estallar su mochila con explosivos. Más o menos a la misma hora.

Ese día tenía que asistir a un curso, que comenzaba más tarde que mi horario de oficina. Quizás por eso no estuve entre aquellos a los que hoy Londres rinde tributo.

Me parece revivir el día, tan claro y a veces soleado como este 7 de julio.

Salí del metro en Warren Street donde por los altavoces, con una voz calma pero insistente se pedía a los pasajeros que abandonáramos la estación por “un fallo del fluido eléctrico” en la estación de Liverpool Street, una de las más grandes de la ciudad.

Era como uno de esos anuncios automatizados que tienen algo de ominoso.

Llegué tarde al curso en la BBC, que poco después se interrumpió con una llamada al celular de uno de los asistentes. Alguien avisó que una bomba había estallado en un autobús que circulaba por la Plaza Tavistock.

El curso terminó cuando apenas acababa de comenzar. El instructor nos autorizó a ir a nuestros departamentos para prestar ayuda.

Con varios de mis colegas de BBC Mundo, el servicio en español de la BBC, estuve al teléfono durante horas ofreciendo la última información con que contábamos a medios de prensa latinoamericanos y españoles.

Era posible hablar con alguien en Buenos Aires o Madrid pero no en Londres. Comunicarse con familiares y amigos era difícil, a menos que fuera por correo electrónico. Las líneas de teléfonos celulares y, en algún momento también las regulares, estaban saturadas, interrumpidas.

Al final de la tarde, el objetivo de millones de personas era regresar a casa como fuera. Muchos caminaron kilómetros y kilómetros; otros, con suerte, encontraron taxis. Yo tuve que tomar tres atestados autobuses pero llegué a mi destino sin mayores contratiempos.

Los extraordinario fue la capacidad de los londinenses para continuar con su rutina con muy poco esfuerzo, eso que es parte de lo que llaman el espíritu del Blitz.

No hubo terror generalizado.

Tal vez lo que más se generó fue algún temor y sospechas, como la de una mujer que con visible ansiedad me miró a mi y a mi mochila cuando subí al metro en la mañana del día siguiente.

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