Gay Pride: el orgullo de ser lo que se es

Gay Pride, el día en que las comunidades homosexuales celebran abiertamente en Londres y en muchas otras ciudades del mundo su identidad, tuvo lugar ayer en el centro de esta capital.

Digo comunidades homosexuales por la obvia diversidad de preferencias e intereses entre los gays, lesbianas, transexuales, etc.

Bastaba ver la abigarrada multitud que desfiló ayer de Baker Street, la calle de Sherlock Holmes, hasta el Parlamento, de paso por una colmada Plaza de Trafalgar donde, como ya es habitual en esta fiesta, cantaron solistas y grupos de la música de moda.

Cada año una personalidad política, en busca de popularidad (ay, los irredimibles políticos), se aparece en el escenario o en la marcha.

En 2008 fueron el alcalde conservador Boris Johnson y el líder liberal demócrata Nick Clegg.

Esta vez fue Sarah, la esposa del primer ministro Gordon Brown, no precisamente una política pero al representar a su esposo, su intención es evidente.

No en balde, ante tanto reconocimiento oficial, Peter Thatchell, un veterano activista de origen australiano nacionalizado británico que es algo así como el radical gay sempiterno, exclama “we’ve come a long way, baby!”

Thatchell ayudó a organizar el primer desfile del Gay Pride en Londres en 1972.

Según dice al verspertino londinense The Evening Standard, ese año participaron en el evento sólo 700 personas que se ganaron el abucheo de muchos transeúntes. Por supuesto, ningún político entonces dio su apoyo a estos atrevidos, ni siquiera de lejos.

El colorido festejo de ayer no podría ofrecer mayor contraste: cientos de miles de personas, entre homosexuales y heterosexuales, se divirtieron de lo lindo bajo la mirada de policías que, con sus típicos cascos y sonrientes, se dejaban tomar fotos.

Por supuesto, hay poderosos motivos para celebrar entre quienes por naturaleza tenemos una identidad sexual diferente a la mayoría.

Bajo el gobierno laborista de Tony Blair, predecesor de Gordon Brown, se aprobó la ley que permite a los homosexuales la unión civil, con los mismos derechos del matrimonio heterosexual.

La discriminación por motivos de identidad sexual es penalizada, tanto como lo es aquella por motivos de raza o credo religioso.

Ahí están derrumbados, siglos de persecución de las minorías sexuales por una humanidad que se ha resistido a reconocer por ignorancia lo que es parte del ser humano con piedras, hogueras, cadalso y campos de concentración.

Para ello gente como Peter Thatchell tuvo que salir muchas veces a la calle y sufrir escarnio y burlas.

Otros fueron perdiendo el miedo y salieron de un prudente armario, sin estridencias.

Se hicieron visibles y la mayoría comenzó a ver su inofensiva “normalidad”.

No todos están satisfechos con lo que han logrado gays, lesbianas y transexuales.

Thatchell, por ejemplo, quiere que las uniones civiles sean matrimonio, como en España, algo que en estos momentos no es prioridad para la mayoría de los homosexuales.

El activista tiene razón en que todavía hay discriminación en muchas escuelas donde “gay” es una ofensa.

Como sabemos, la tolerancia es algo que aprende. El instinto humano, como en los animales, es aislar y en el peor de los casos, atacar, al diferente.

De todas formas, es importante saber lo que falta pero también no perder la perspectiva.

Además, no sólo las minorías sexuales deben congratularse porque se hayan reconocido sus derechos, su logro es también el logro de todos.

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