¿A quién le importa Haití?


De Haití se habla muy poco o casi nada.

Tan ocupados estamos con nuestra crisis, con nuestros bolsillos, con nuestros pasatiempos.

Nuestros problemas son triviales cuando se comparan a los de la mayoría de los casi nueve millones de personas que viven en este país, el más pobre, el pobrísimo, del hemisferio occidental.

Sólo cuando mueren cientos de personas al paso de huracanes, cuando disturbios por el precio de alimentos hacen caer gobiernos, cuando hay intervenciones militares, aparece Haití en primera plana.

La mayoría, en este mundo occidental, no sabe ni siquiera que Haití comparte la isla de La Española con República Dominicana y que está a 77 kilómetros de Cuba.

¿A quién le importa?

A pocos, a gente como el expresidente de Estados Unidos, Bill Clinton que, con el Secretario General de Naciones Unidas Ban Ki-moon, visitó el país a comienzos de este mes.

Clinton se interesa por el destino de una nación en la que invirtió tiempo y energía para restaurar su democracia en 1994.

El ex mandatario y el Secretario General de la ONU prometieron hablarle a inversionistas sobre las ventajas de poner dinero en Haití, según informó The Miami Herald.

Se interesa también el cantante y compositor Wyclef Jean, que desde Nueva York, alienta a la ayuda a su país de origen con la fundación Yelé Haití.

Organizaciones caritativas internacionales también se preocupan y envían misiones.

Pero no es suficiente.

Es tanta la pobreza y tanta la necesidad que cualquier iniciativa es como una aspirina para un cáncer.

Haití requiere más, mucho más.

El presidente René Préval advierte que se necesitan 125 millones de dólares de inmediato para hacer frente a los problemas más perentorios, causados en parte por los cuatro huracanes que barrieron el territorio haitiano y dejaron un saldo de casi 800 muertos.

A mediano y largo plazo se necesitan miles y miles de millones de dólares para evitar que los huracanes, que inexorablemente vendrán en cada temporada ciclónica, maten a más haitianos y para que todos puedan comer.

Ha hecho bien el gobierno haitiano en alistar a Bill Clinton y a Ban Ki-moon para esta causa.

Es de desear que la actual crisis económica no limite la capacidad de los grandes, inmersos en sus propias angustias, para ver la tragedia de los pequeños como Haití.

En este mundo concatenado, el mal de unos termina siendo mal de otros.

Imaginen a miles, quizás decenas de miles de haitianos, huyendo en su desesperación a las costas de Florida, Cuba o Puerto Rico, o atravesando la frontera con República Dominicana.

Esa es sólo una de las razones para poner en práctica un plan de ayuda, bien administrado, a fin de darle la oportunidad a Haití de ofrecer un mejor futuro a sus ciudadanos.

Ellos tienen tanto derecho como nosotros.

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