Un fantasma en la ópera

Recientemente regresé a la Royal Opera House en la agradable compañía de Alejandra, mujer de finísima sensibilidad.

Disfrutamos como niños de Turandot y sobre todo de la voz del tenor argentino José Cura en el papel de Calaf.

Es una de esas puestas en escena donde nada está fuera de lugar.

Cuanto la habría disfrutado mi amigo, John D. Boule, quien dejó este mundo en 1995.

No pude dejar de pensar en John, nombre supuesto, porque fue quien me llevó a la ópera por primera vez.

No tengo pruebas de presencias incorpóreas de quienes ya cumplieron un ciclo vital.

Es en el recuerdo y la inspiración donde mejor viven los muertos.

Por eso escribí hace unos años un homenaje a mi amigo, quien tal vez sin quererlo dejó una huella en mi.

Lo reproduzco, tal como apareció en el sitio de internet de la BBC con el título “La ópera o la inevitable presencia de John D. Boule

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Tengo la certeza de que hay cierto tipo de personas que permanecen en los lugares por los que han andado y una de ellas es mi amigo John D. Boule.

John D.Boule era patrocinador de la Royal Opera House.

Cuando paso cerca de la Royal Opera House, el teatro de ópera de Covent Garden, me parece verlo en el foyer: traje azul oscuro, una copa de champán en una mano y un cigarrillo en la otra.

John D. tuvo una muerte que al paso del tiempo continúa siendo tan enigmática como cuando ocurrió, hace ya casi diez años. Pero si algo recuerdo de él no es como murió sino como vivió.

Lo conocí a comienzos de los noventa, a poco de haber llegado a Londres. Me advirtieron que era un verdadero apasionado de la ópera y que en su casa sólo se escuchaba bel canto.

John D. tenía los recursos y el tiempo para alimentar su pasión. Era gerente de una compañía de confecciones textiles y hombre sin familia que atender.

Como patrocinador de la Royal Opera House, la principal compañía de ópera de esta ciudad, asistía a todas las nuevas producciones en el teatro de Covent Garden.

Sin embargo, ahí no se detenía su entusiasmo. John D. tenía una gran generosidad o quizás una necesidad de ser generoso. Invitaba frecuentemente a sus amigos a las funciones y no sólo eso, éstas de forma invariable terminaban en un ágape en uno de los carísimos restaurantes de la zona.

Cuando me lo presentaron, me preguntó si me gustaba la ópera. Le dije con honestidad que sabía poco de ella pero que deseaba aprender más. Palabras mágicas. A los pocos días John D. me extendió una invitación – y a otros cuatro amigos – para ver “Mitridate, re di Ponto”, una ópera de Mozart poco conocida.

No olvido esa noche de diciembre de 1991. Para hacerla más señalada, había una espesa neblina como no recuerdo en todos estos años de Londres. Me vestí con traje y abrigo nuevos porque de cierta forma se trataba de una verdadera iniciación. Además, sabía que John D. apreciaría el gesto.

Él no escatimó dinero para la noche. En su prodigalidad, nos compró butacas en platea, ya por ese entonces de más de 100 libras cada una.

Mi primera ópera tenía la particularidad de ser una producción, de cierta forma, osada. Los cantantes llevaban trajes y maquillaje del teatro kabuki japonés y el escenario parecía transplantado al shogunato de Tokugawa. Las alusiones al reinado de Mitrídates VI, el enemigo implacable de Roma en el Asia Menor, quedaban en el diálogo.

Aunque después supe que John D. desaprobaba de esas adaptaciones, él siempre prefería el original, la noche fue un éxito. El bautismo de Covent Garden encontró en mi a un converso entusiasta.

John D. quizás vio el celo del neófito y quiso premiarlo con una invitación irresistible: la Ópera Estatal de Viena para ver a Plácido Domingo en Otello. Vendría después un recital de Montserrat Caballé a la que fuimos a ver al camerino donde descansaba entre devotos y curiosos.

Todo hacía pensar que John D. era un hombre afortunado. Disfrutaba de la vida en grande rodeado siempre de una corte de amigos a los que obsequiaba con veladas de bel canto y buena mesa. Con su cordialidad y maneras exquisitas era el perfecto anfitrión.

Sin embargo dentro de esta joie de vivre se escondía su antítesis. Afloraba de vez en cuando en la expresión, en un vagar de los ojos y en un mohín de la boca que revelaba impaciencia, tal vez frustración. Una tarde supe por él mismo cual era su causa o quizás sólo una de ellas.

Fue una confesión entre gin and tonics en la sala de su casa. Su revelación vino cuando menos lo esperaba y fue como una descarga eléctrica. Me dijo que era seropositivo, lo había sido hace años, pero estaba relativamente bien y me aseguró que lucharía con todo lo que tenía a su alcance para mantenerse sano.

No vi a John D. después de aquel día. Cuando lo llamada siempre estaba demasiado ocupado para que nos encontráramos. Así pasaron meses.

Una noche me llamó un amigo común para avisarme que John D. había muerto. Lo encontraron en el sofá de su casa al parecer después de tres días de fallecer “de causas naturales” según el médico forense.

Los que lo vieron el fin de semana antes de su muerte dicen que tenía una alegría inusual.

En una fiesta en un parque bailó, cantó, bebió. Estoy seguro de que, en contraste con los modales de los que hacía gala en Covent Garden o en el Metropolitan de Nueva York, allí dio rienda suelta a otra forma de expresarse. Es que John D., dadas las circunstancias, podía vociferar con desparpajo como el que más.

Los que conocimos a John D. todavía no nos explicamos cómo murió. Tal vez su corazón le falló después de un fin de semana de excesos. A veces pienso que quizás se suicidó antes de que el virus del sida le hiciera difícil vivir. Eran los tiempos en que la triple terapia estaba por probarse.

Después de su revelación, entendí que la intensa generosidad de John D. nacía de la urgencia de ser feliz en el tiempo limitado que tenía.

Su recuerdo hoy va más allá de Covent Garden. Me dejó un gusto, aunque no una manía, por la ópera. Si viviera estaría contento de que trato de hacer profesión de fe siempre que voy a cualquier ciudad con un buen teatro de ópera, como lo hacía él: Aida en San Francisco, Oneguin en el Colón de Buenos Aires, Lucía di Lammermoor en el San Carlos de Nápoles…

Pienso en porqué a John D. le apasionaba tanto la ópera. No recuerdo que me lo dijera. Por supuesto que debería sentir un intenso placer estético en la música, el canto y la capacidad de la voz humana, pero adivino que su mayor punto de identificación era el destino trágico de los personajes.Después de leer su historia no es difícil encontrar el común denominador entre él y las heroínas de Verdi y Puccini.

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